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2 mai 2013 4 02 /05 /mai /2013 21:30

Camila Vallejo, o el sueño de acabar con el bipartidismo chileno, por Francisco Goldman

 

El hotel tenía un aire mustio, pinochetista –bar oscuro, muebles pesados, camareros de camisa blanca y corbata negra—y atraía sobre todo a hombres de negocios. Pero cuando los camareros descubrieron que mis amigos y yo íbamos a la marcha de los estudiantes, cortaron limones y los pusieron, con sal, en una bolsa de plástico. En caso de que haya gas lacrimógeno, debíamos morder los limones para aliviar el efecto. Con sonrisas cautelosas, nos dejaron saber que apoyaban al movimiento estudiantil chileno y especialmente a su más prominente líder, Camila Vallejo. Uno dijo: “La Camila es valiente”; rió y agregó: “Está bien buena la mina”.

Camila Vallejo, la presidenta de 23 años de la Federación de Estudiantes de Chile, una belleza de Botticelli que usa un aro plateado en la nariz y estudia geografía, era la más prominente líder de un movimiento estudiantil de protesta que había paralizado al país y destrozado la imagen de Chile como el mayor éxito político y económico de América Latina. La marcha de ese jueves a la tarde de noviembre sería la número 42 desde junio.

En lo que se conocería como el Invierno Chileno, estudiantes de los campuses universitarios y escuelas secundarias de todo el país organizaron huelgas, boicotearon las clases y ocuparon edificios. Las protestas fueron las más grandes desde los últimos días de la dictadura de 17 años del general Augusto Pinochet, quien derrocó con un golpe militar, en 1973, al primer presidente marxista elegido democráticamente, Salvador Allende. Las quejas de los estudiantes reflejaban, de algún modo, las de sus contrapartes en  el Medio Oriente o en Zuccotti Park, en Nueva York. Chile bien puede tener el mayor ingreso per cápita de la región, pero en términos de distribución de riqueza clasifica como uno de los países más desiguales del mundo. La educación universitaria chilena es, proporcionalmente, la más cara del mundo: $3.400 dólares anuales en un país en el que el salario anual promedio es de $8.500.

El gobierno derechista de Sebastián Piñera se hundió en una crisis perpetua. Piñera, educado en Harvard, fundador de la mayor tarjeta de crédito de Chile, Bancard, y primer presidente de la derecha en su país desde Pinochet, promete gobernarlo, y a su economía, de un modo nuevo –como un empresario cuyos miles de millones no provienen de la minería o la industria, sino de las finanzas. El movimiento estudiantil mostró que el Camino de Piñera era lo de siempre: si la educación pública había sido virtualmente abolida bajo Pinochet, en los ’80, sus sucesores no habían hecho cosa alguna para recuperarla.

Apenas el 40 por ciento de los niños chilenos recibe una educación secundaria gratuita, en escuelas sub-financiadas; el resto asiste a escuelas privadas o de chárter parcialmente subsidiadas. Para solventar su educación universitaria, la mayoría de los estudiantes toma créditos bancarios, que los carga, y a sus familias, con años de deudas. Piñera defendió al sistema educativo chileno indicando que la educación es “una mercancía de consumo”. Vallejo replicó que la educación era un derecho fundamental y que “por más de 30 años” los empresarios habían “especulado y (se habían) enriquecido gracias a los sueños y las expectativas de miles de jóvenes y de familias chilenas”. Para septiembre, la popularidad de Piñera, tan fuerte después del rescate de los mineros chilenos en octubre de 2010, se había hundido al 22 por ciento, el más bajo de un presidente chileno en la historia moderna, mientras que la aprobación nacional al movimiento estudiantil se elevaba al 72 por ciento.

Había oído mucho sobre la alegre, carnavalesca locura de las marchas: cientos de miles de personas rodando por las calles de Santiago, con bandas y disfraces y carteles coloridos y carrozas y gritos. Cuando una lluvia helada cayó el día de la manifestación programada, los manifestantes llenaron las calles en lo que se conocería como la Marcha de los Paraguas. “Happenings” caprichosos y acciones de flash-mob atrajeron la atención internacional. Hubo un Kiss-In, cuando los estudiantes se besaron durante 1.800 segundos (30 minutos) enfrente de La Moneda, el palacio presidencial, para publicitar los 1.800 millones que costaría, supuestamente, financiar la educación pública —y las 1.800 vueltas que los estudiantes dieron alrededor del edificio, en giros de reloj; la protesta donde se disfrazaron como zombies y bailaron al son de “Thriller”; los cacerolazos, brotes iniciados por Twitter de gente golpeando cacerolas y sartenes, desatando un barullo de enjambre de insectos metálicos.

Esta marcha comenzó a las 6:30 p.m. en la Plaza Italia y avanzó hasta el Parque Bustamante. Fue relativamente pequeña (las estimaciones oficiales fueron de 7.000 personas; no oficiales, 15.000), pero aun así formidable. Carabineros a caballo en uniformes verde oliva se alzaban, duros, en una línea en el borde de la plaza. Carros con cañones de agua y transportes de troas con ventanas alambradas se hallaban estacionados en la vecindad. Los manifestantes levantaron banderas con el nombre de sus escuelas; pequeñas bandas y plataformas llevaban guitarristas y tamborilleros. La mayoría de los manifestantes eran estudiantes, pero vi gente de todas las generaciones. Esperaba echar una ojeada a Vallejo, pero no se la veía. Los perros callejeros corrían siempre frente a las grandes marchas, me contó mi amigo, el escritor y periodista Rafael Gumucio, y, justo detrás, venían los líderes estudiantiles, Vallejo protegida por una barrera de jóvenes custodios, mientras unos revoltosos estudiantes secundarios gritaban: “¡Tené mi hijo!” y “¡Aceptame en Facebook!”.

La atmósfera era relajada y alegre, como si nos dirigiéramos a un picnic en una bella tarde de verano. Adolescentes sin camisa se asomaban por las ventanas de una escuela ocupada, gritando y flexionando los brazos. Cuando otro grupo desconectó el cable de un equipo de la televisión, mi amigo Patricio Fernández, conocido como Pato, fundador de un semanario alternativo llamado The Clinic, pidió calma a los gritos. Pero incluso una manifestación tan aparentemente pacífica como este, me habían dicho, se tornaría, muy probablemente, violenta. Con la esperanza de erosionar el apoyo popular a los estudiantes, los voceros del gobierno y los medios conservadores retratan a los manifestantes como radicales sin ley. Los más notorios entre ellos son los encapuchados, que llevan pañuelos en la cara y arrojan piedras y cocktails molotov a la policía. Los estudiantes han insistido en que la mayoría de los encapuchados son ajenos al movimiento y que al menos algunos son infiltrados, plantados para incitar los contraataques de la policía.

Al fin de la marcha, una docena de encapuchados aparecieron como si estuviera concertado, bailando en las calles con gracia adolescente, arrojando piedras y botellas a la fila de carabineros protegidos con escudos antimotines que esperaban, parados, al fondo de una larga calle. La gente comenzó a sacar sus limones. Una chica muy linda de vestido se sentó en una esquina, con un pañuelo rojo sobre su boca y su nariz. Nadie parecía demasiado preocupado (frecuentemente, las marchas terminan con arrestos y estudiantes hospitalizados, pero hasta ahora ha habido una sola fatalidad, un chico de 16 años muerto por una bala policial). Un carro armado que disparaba agua desde cañones montados –un guanaco, llamado así por el animal andino parecido a la llama que escupe— rodó hacia los encapuchados. Pato y yo retrocedimos hacia el parque, donde miles de manifestantes pululaban pacíficamente entre los árboles. Los jeeps, llamados zorrillos, comenzaron a lanzar gas lacrimógeno al parque. La multitud arrancó en dirección opuesta, donde otro guanaco vino rodando hacia nosotros, y vi el rostro impasible de un policía de casco mientras nos rociaba con su cañón. La gente entró en pánico, tratando de amontonarse bajo los árboles, resbalando en el terreno embarrado. Pato y yo encaramos hacia el sur, y dimos con otro guanaco. Estábamos, miles de nosotros, atrapados, en un movimiento de pinzas de guanaco. Yo estaba empapado, me ardían el cuerpo y los ojos y no podía respirar. Corrí y resbalé, traté de levantarme, me caí de nuevo. Tenía un tajo sangriento en el antebrazo. Me alcé y corrí hacia la derecha. Carabineros con escudos cargaron contra la multitud, agitando sus palos. Escuché gritos, detrás de mí, mientras corría.

Pato y yo nos refugiamos detrás de las puertas cerradas de un edificio de departamentos cuyos habitantes nos dejaron entrar. Los zorrillos subían y bajaban por la calle, en busca de blancos para su gas. La policía acorraló a manifestantes en fuga, la mayoría adolescentes, y los arrojó al piso o a camionetas policiales. Una chica regordeta que nos gritaba desde la vereda que saliéramos a luchar fue arrestada momentos después. Tomé fotos desde la puerta con mi iPhone, pero el gas lacrimógeno me devolvió al corredor. Mi cara, mis ojos, estaban grotescamente hinchados, y la piel me ardía.

En los primeros días de las protestas, después de que los estudiantes ocuparan la Casa Central, que alberga las oficinas de la administración central de la Universidad de Chile, los carabineros usaron gas lacrimógeno contra los estudiantes y profesores que se hallaban reunidos adentro y se rehusaron, al principio, a dejar que nadie saliera. Finalmente, cedieron. “Nos abrieron paso”, declaró Vallejo más tarde, “y luego, directamente, nos atacaron”. Tras otra confrontación, Vallejo contó al corresponsal de The Guardian: “Mi cuerpo entero ardía. Fue brutal”.

Cuando volví a mi hotel y a la ducha, la piel estaba encendida como por napalm. ¿Qué se disparaba desde esos cañones que ardía bajo el agua fría? Días después, cuando puse la ropa que había usado en una bolsa para lavar, me hizo arder ligeramente las manos.

Para diciembre, las protestas estudiantes habían forzado la renuncia de dos ministros de educación y habían logrado colocar la reforma educativa al tope de la agenda parlamentaria. Mucho de ello se debía al carisma y el talento de Vallejo para capturar la imaginación pública. En octubre de 2010, durante las elecciones de la FECH, cuando pocos, si alguien, presentían la tormenta que se venía y menos aún habían oído de Camila Vallejo, ella y otros cuatro estudiantes hicieron un video llamado “Estudiantes de la Izquierda”. Sentados en el césped de un campus universitario con un rockabilly de fondo, se turnaban para enunciar proposiciones de campaña, con Vallejo recitando a toda velocidad sus memorizadas frases como si estuviera en un concurso de deletreo. En un gesto digno de una tonta campaña para consejo estudiantil, se pararon al unísono y alzaron puños que emitían rayos. Pero debajo de sus eslógans y promesas idealistas –“la Universidad debería ser un motor de cambio en la sociedad”—, había un mensaje más vital. La educación no era sólo una cuestión estudiantil; era un síntoma de lo que estaba mal en Chile.

Pocos meses después de que comenzaran las protestas, el presidente Piñera habló desde la escalinata de La Moneda. “A todos nos gustaría que la educación, la salud y muchas otras cosas fueran gratuitas”, dijo, “pero, al fin y al cabo, nada es gratis en la vida. Alguien tiene que pagar”.

“Obvio que alguien tiene que pagar”, replicó Vallejo, “pero no hay razón por la que las familias deban financiar entre el 80 y el 100 por ciento”. ¿Por qué no el Estado –a través de impuestos a las grandes corporaciones, la nacionalización de recursos, una reducción en el presupuesto militar? Cuando otra marcha terminó en violencia, Vallejo y sus compañeros reunieron cientos de casquillos de gas lacrimógeno y los llevaron a La Moneda. “Aquí hay más de 50 millones en bombas de gas lacrimógeno”, anunció Vallejo; dinero, dijo, que podría haber sido gastado en educación. Los estudiantes colocaron los cartuchos para formar un signo de la paz sobre la plaza y Vallejo se acuclilló en el centro. La imagen fue publicada en todo el mundo.

Para fin de 2011, Vallejo sería tapa del semanario alemán Die Zeit como la figura emblemática de un año marcado por protestas políticas en todo el mundo. En una encuesta nacional hecha por los medios, los chilenos la eligieron como “la persona del año”. Lo mismo hicieron los lectores de The Guardian. La cuenta de Twitter de Vallejo tiene más de 400.000 seguidores. Las estrellas del pop star la cortejan (el cantante de Franz Ferdinand tuiteó: “Camila Vallejo. Estoy enamorado”).

“La convirtieron en un ícono, a cuya altura resulta imposible vivir”, me dijo el novelista Alejandro Zambra. “Pero ella resultó estar más que a la altura”. El aire de serena autoconfianza de Vallejo, explicó, su comportamiento de chica común y, por supuesto, su bello rostro, le ganaron la simpatía y al confianza de los hogares trabajadores y de clase media de todo Chile. En poco tiempo, pareció, La Camina estaba en los noticieros y los programas políticos de la TV casi cada noche –y cuando la gente la oía, descubrían que estaban de acuerdo con ella. ¿Por qué, durante más de dos décadas, habían soportado pasivamente un sistema educativo injusto impuesto por una dictadura desacreditada?

A fin de noviembre, la majestuosa Casa Central, todavía ocupada por los estudiantes estaba cubierta de posters, graffiti y caricaturas que se burlaban de las figures del gobierno. Una bandera que colgaba a lo largo de la fachada rezaba, en letras mayúsculas: “La lucha es de toda la sociedad. Educación libre para todos”. Alguien había colocado una capucha sobre la estatua del fundador de la Universidad. Sobre un muro había una reproducción de tamaño real de una fotografía de Rimbaud, junto a una cita, en caracteres negros, de “Iluminaciones”: “Compañera mía, mendiga, niña monstruo. Únete a nosotros con tu voz imposible. ¡Tu voz! ¡Única aduladora de esta vil desesperanza!”.

El cambio asomaba. Muchos se preocuparon porque, a medida que el año escolar se terminaba, el movimiento se desvanecía. Pocas semanas más tarde, los estudiantes de la Universidad de Chile votaron volver a clase. El semestre sería extendido, cortando los tres meses de vacaciones por la mitad.

Y ahora, el período de Vallejo como presidenta de la FECH se terminaba. El otro prominente líder del movimiento, Giorgio Jackson, un izquierdista de la prestigiosa Universidad Católica, también había completado su período. Una nueva elección estudiantil estaba en marcha.

La elección de la FECH fue un gran acontecimiento en Chile. La federación estudiantil no tiene rol oficial en el gobierno. Pero la Universidad de Chile ha ejercido siempre influencia sobre la vida política de la nación, especialmente antes de Pinochet: allí se graduaron todos, excepto tres, de los presidentes chilenos del siglo XX, incluyendo a Allende, y, como él, muchos fueron ex líderes de la FECH. Para disminuir esa influencia, el gobierno de Pinochet cortó el presupuesto de la universidad, cerró muchas de sus facultades, repartió sus campuses de las afueras de Santiago en escuelas regionales autónomas y levantó financieramente a la Universidad Católica como una alternativa conservadora para estudiantes de élite.

Ahora, la campaña tenía un implacable programa de debates, actos y apariciones por televisión. Hubo nueve listas de candidatos, la mayoría afiliadas con partidos marginales y organizaciones de la larga historia subterránea de la política estudiantil en Chile, algunos de ellos sospechados de lazos con los partidos gobernantes de la derecha. Sólo Vallejo, miembro de la Juventud Comunista, exhibía su lazo con un partido establecido. Se percibía que el movimiento estudiantil se hallaba en una encrucijada. Había ganado algunas concesiones del gobierno, pero los estudiantes se sentían frustrados porque sus más importantes demandas –restaurar la educación gratuita y separar al sector privado y a las municipalidad de la conducción de las escuelas primaria y secundaria—no habían sido atendidas. Los simpatizantes de Vallejo argumentaban que una segunda presidencia era la mejor forma de continuar la lucha. Pero nadie sabía con seguridad qué traería el nuevo año escolar –¿el movimiento se volvería más radical y crecientemente violento? ¿O se disiparía por completo?

En la Casa Central, los estudiantes pululaban en el balcón abierto que mira a un patio elegante, donde banderas blancas de seis metros se hallaban desplegadas sobre el piso de mosaicos junto a latas abiertas de pintura. Hacían avisos de campaña para la lista conocida como Luchar, que los medios describían regular y erradamente como anarquista. Sólo una bandera estaba terminada. Dos chicas yacían boca abajo, durmiendo. Más tarde vería banderas de todas las listas, como grandes velas de navíos, colgadas de los muros de los edificios de la universidad.

La sesión de esa noche estaba repleta de troscos —trotzquistas. Escuchaban fascinados a un orador que había liderado recientemente la ocupación de una fábrica en la Argentina y rompían a cantar, cada tanto, unos eslogans como trabalenguas. No era difícil recordar a sus iguales de 1973, aquellos que el narrador de la novela “Estrella Distante” de Roberto Bolaño describe hablando en “un eslang o jerga derivado en partes iguales de Marx y de Mandrake el Mago”, cuyos sueños de revolución terminarían en mazmorras de tortura y prisiones, o en largos años de debilitante exilio y amargo recuento—la historia de una generación.

El paralelo no pasa desapercibido a los críticos del movimiento estudiantil. “La Universidad de Chile como vanguardia revolucionaria”, escribió en El Mercurio Patricio Meller, un profesor de ingeniería industrial de la Universidad de Chile. “Hemos visto esta película y sabemos cómo termina”. Pero el pesimismo de Meller bien podía estar errando sobre lo que realmente ocurre en Chile. Esta es la primera generación que crece sin recuerdos personales de la dictadura. En un perfil de Giorgio Jackson, publicado en la revista mexicana Gatopardo, Rafael Gumucio preguntaba al líder estudiantil: “¿Qué significa la dictadura para tí?” y Jackson respondió: “Nada. Nací en 1987”. Lo que conmovió a Gumucio y muchos otros de este movimiento es que, más allá de toda su retórica revolucionaria, se ha mantenido pragmáticamente concentrada en la reforma educativa. “Las protestas estudiantiles que han movilizado a Chile son, quizás, el resultado de un cambio radical en los roles de padres e hijos”, escribió Gumucio. “Porque en Chile son los padres los nihilistas, los suicidas, los silenciosos, los frustrados, y sus hijos los reformistas, los realistas, los estrategas”.

Un lunes a la noche, a fines de noviembre, asistí al debate de los candidatos de la FECH en la escuela de administración pública. Vallejo esperaba su turno, parada con un pequeño círculo de simpatizantes. Advertí cómo los otros la adoraban, que ella era la que hablaba y la que hacía reír a todos. Sus ojos brillaban y a veces su sonrisa era sardónica, incluso zafada. Más tarde Giorgio Jackson me contó que las bromas de Vallejo son excepcionalmente “saladas”. ¿Saladas cómo?, pregunté; pero no me dijo. Vallejo resguarda su vida privada con una disciplina de hierro y quienes pasan mucho tiempo con ella, incluyendo algunos de sus rivales, son igualmente reservados. Tan poco se sabe de ella que lo poco que se filtra crea una excitación de tabloide. Cuando alguien posteó una fotografía de ella en bikini en una playa, se esparció como un virus. La falsa creencia de que había florecido un romance de cuento entre ella y el apuesto Jackson estaba tan extendida que incluso su novia de larga data estaba celosa. De hecho, Vallejo tiene un novio estable –un pololo, en términos chilenos–, un cubano que se mudó a Chile siendo adolescente. Era el tipo alto, de barba y ojos tiernos que creí primero que era su guardaespaldas.

La reticencia de Vallejo a ponerse por delante era, en parte, estratégica –estaba decidida a dar la impresión de que bien podía ser la vocera del movimiento pero que era apenas una entre muchos. Tenía, también, otras razones. En agosto, una funcionaria menor del gobierno, Tatiana Acuña, tuiteó: “Se mata a la perra y se acaba la leva”. Se hacía eco de una frase infame dicha por Pinochet el día del golpe del ’73, cuando Allende se suicidó mientras las tropas irrumpían en La Moneda. Todo el mundo entendió que el tuit se refería a Vallejo, y Acuña fue despedida. Ese mismo mes, Vallejo recibió amenazas de muerte, y la Corte Suprema ordenó protección policial.Luego, alguien posteó su dirección en Twitter, y los padres de Vallejo insistieron en que, por su propia seguridad, se mudara de casa.

Esa semana, debido a las exigencias de la elección, era aún más difícil hablar con Vallejo que lo usual. Pero me crucé con su padre, Reinaldo, en una calle de autopartes y ferreterías –posee una tienda pequeña de aire acondicionado y calefacción con su mujer—y nos fuimos a tomar un café para charlar. Reinaldo, un hombre pesado de pelo claro y melancólicos ojos azules, alguna vez, alrededor de 1982, fue estrella de un teleteatro popular en Chile. Es, también, un miembro veterano del Partido Comunista y perteneció a un grupo teatral político que viajaba por el país ofreciendo shows para los mineros. Siendo niña, Camila lo acompañaba. Durante la mayoría de la infancia de Camila, la familia vivió en La Florida, un barrio de clase media y trabajadora, donde ella asistía a una escuela alternativa llamada Colegio Raimapu, que educaba a los niños de padres antipinochetistas (ni Reinaldo ni su mujer fueron jamás encarcelados). Él me contó que a ella le gustaba el arte y el dibujo, y que, originalmente, iba a inscribirse en la Universidad de Chile para estudiar escenografía. Siendo adolescente, se unió a la Juventud Comunista. Él me dijo que extrañaba tenerla en casa. Luego, la conversación giró hacia las elecciones, y dijo: “Nosotros, los comunistas, estamos acostumbrados a perder. Le digo a Camila que no se convertirá realmente en líder hasta que aprender lo que significa perder”.

En las elecciones de la FECH, los rivales de Vallejo estaban convirtieron en un tema su asociación con el Partido Comunista de Chile. Se la responsabilizaba –aunque difícilmente fue una decisión exclusivamente suya—por la disposición del movimiento a negociar con los políticos tradicionales de la Concertación, la coalición de partidos de centroizquierda de la oposición (con los cuales el Partido Comunista estaba aliado entonces). Todos los líderes chilenos posteriores a Pinochet habían venido, con excepción de Piñera, de la Concertación y ¿qué había cambiado? En noviembre, los líderes estudiantiles, incluyendo a Vallejo y Giorgio Jackson, viajaron al parlamento, en la ciudad costeña de Valparaíso, para mantener conversaciones con algunos políticos de la Concertación sobre el presupuesto educativo, pero al final sóo se aprobó un modesto aumento. El particular sistema “binómico” chileno asegura un virtual empate en ambas cámaras del parlamento entre la Concertación y la derechista Alianza y, según creen muchos, que una auténtica reforma estructural en Chile sea casi imposible.

El liderazgo de Vallejo era retratado por sus críticos, muchos de los cuales la corrían por izquierda, como demasiado institucional, demasiado confiado. Su principal rival, Gabriel Boric, hablaba de trabajar fuera del sistema, en busca de un completo cambio de la estructura política el país. “Es principalmente el uno por ciento el que controla este país, las élites económicas, aquellos que se rehúsan a considerar la reforma impositiva”, me dijo una noche Francisco Figueroa, un colaborador de Boric. “Tenemos que crear un gran bloque social por el cambio, porque no es suficiente con convocar a marchas y conferencias de prensa”.

Una noche de viernes, el Partido Comunista convocó a una velada para reunir fondos para Vallejo en un restaurante ecuatoriano, y fui invitado a asistir. El patio cubierto y el cuarto trasero estaban atestados de veteranos de la larga, mayormente fútil marcha del comunismo chileno, así como de miembros de la Juventud Comunista, incluyendo a su secretaria general, la morocha de ojos negros Karol Cariola (la gente siempre discute quién es más hermosa, Camila o Karol). Entre los presentes se hallaba el anciano presidente del Partido, Guillermo Teillier, encarcelado bajo Pinochet y ahora miembro del parlamento chileno. Mientras los jóvenes lucían hip y modernos, muchos de los viejos, adustos y pesados, recordaban al estereotipo comunista de la era soviética.

Todo el mundo quería posar en fotografías con la más deslumbrante figura del partido, su futuro. También yo lo hice, parado entre un ancho comunista y Vallejo, y luego tomé asiento en una mesa de jóvenes, sólo para ser arrastrado a la mesa de honor. Vallejo se sentó en la otra punta. La conversación durante la cena me recordó a conversaciones que tuve años atrás en Nicaragua, con sandinistas que se esforzaban por convencerme de cuán moderados eran, o de su fe en la democracia, la economía mixta de mercado, etcétera. No quería tener esa conversación de nuevo. Los viejos comunistas habían pasado del vino al agua –la primera ronda de vino iba por la casa, pero ahora teníamos que pagar—y lucían torvos. Quizás todo su dinero se había ido en los sobres para la campaña de Vallejo. Pedí dos botellas de vino para la mesa y bebimos.

Era conmover cuán descuidada era Vallejo al mostrarme esta parte de su mundo, dadas las críticas que le había traído su afiliación al partido. Como Boric y otros líderes estudiantiles, ella se identificaba expresamente con la reciente ola de presidentes izquierdistas de América Latina, Lula en Brasil y Evo Morales en Bolivia, pero frecuentemente resbalaba cuando los entrevistadores la presionaban con Venezuela o Cuba y atribuía la falta de un libre acceso a Internet en Cuba al bloqueo norteamericano, y luego se ponía impaciente. “Sólo por ser comunista no defiendo estrictamente al régimen cubano”, declaró a un entrevistador.

El joven publicista a través del cual yo había estado tratando de arreglar una conversación con Vallejo me dijo que podía entrevistarla al día siguiente, en la escuela de economía de la Universidad de Chile. Más tarde, la busqué y la vi besando lánguidamente a su novio.

Al día siguiente, mientras los candidatos de la FECH realizaban una feria al aire libre, en la que cada lista ofrecía comida y bebidas, Vallejo y yo nos sentamos al fin en una mesa de picnic a charlar. Su rival Boric y ella, subrayó, compartían objetivos comunes, “el mismo horizonte”: una democracia más participativa y un Estado más fuerte. En un debate, ella calificó como “mesiánico” a su competidor, y dijo que era más importante hablar con “todas las estructuras”. Desarrolló más el punto ahora. El grupo de Boric “machaca con sus principios, pero hay un infantilismo: dado que la Concertación hizo tal cosa el año pasado, no podemos trabajar con ellos”, dijo. “Pero tenemos que presionar a la Concertación para que esté más de nuestro lado y evitar que haga pactos con la dercha”. Su voz suave, confiada, tenía una agradable musicalidad. Hablando sobre estrategias parlamentarias, mostraba conocimiento y precisión. Mencionó cómo el gobierno había buscado más, no menos, privatización del presupuesto educativo y que esta vez los estudiantes habían podido persuadir a la Concertación de abstenerse. “No es una victoria, pero marcó una posición. Por primera vez en la historia, la Concertación no traicionó a los estudiantes”. Mientras hablaba, su mirada era tranquila y firme.

El movimiento secundario era menos organizado, más revoltoso, que el universitario. Las escuelas secundarias fueron ocupadas por adolescentes, a menudo con el apoyo de padres frustrados por las desigualdades y los costos del sistema educativo, incluso aunque, pasadas las huelgas, los estudiantes se vieran forzados a repetir el año para recuperar las clases perdidas. Algunos estudiantes iban cada día desde sus casas; otros habían estado viviendo en las escuelas durante meses. Había oído a gente decir que si las demandas de los estudiantes universitarios no eran atendidas, la generación que venía después –actualmente en el secundario— sería más intransigente, más violenta.

Una tarde, el novelista Alejandro Zambra me acompañó al Instituto Nacional, la más prestigiosa escuela secundaria pública de Chile, que había permanecido ocupada durante seis meses. Fundado en 1813, el Instituto Nacional prepara a los más inteligentes chicos del país para triunfar en los exámenes que garantizan la admisión a la Universidad de Chile y la Universidad Católica.

Cuando llegúe, las sillas de las clases estaban amontonadas contra entradas bloqueadas, un erizado símbolo de las escuelas secundarias ocupadas en todo Chile. Nos recibió en la puerta José Soto, presidente del grupo estudiantil de la escuela, un adolescente alto de aire solemne. Vestía su uniforme escolar, pantalones grises y blazer naval con la insignia de la escuela. Soto no quería dejarnos entrar. Los padres entraban y salían del vestíbulo, llevando comida a sus hijos ocupas. Una mujer de una tardía mediana edad se acercó y abrazó jovialmente a Zambra. Era profesora de literatura; él había sido su estudiante casi veinte años antes. Los ocupantes le habían pedido clases informales y acababa de dar una. Convenció a Soto de hablar con nosotros.

Más tarde, Zambra describió a Soto como “la perfecta combinación de nerd y revolucionario”. Soto dijo que quería estudiar historia en la universidad. El día que los estudiantes votaron ocupar la escuela, reunidos en el patio y en los corredores que daban a él para oír discursos, había sido, según contó Soto con orgullo, como “la democracia en la antigua Atenas”. Finalmente decidió dejarnos pasear por la escuela, y designó a Claudio, un delgado chico de 15 años, de aire alegre, como nuestro guía. La visita conmovió a Zambra. Mientras cruzábamos el patio, recordó el caos de 40 partidos de fútbol a la vez y los duros que te robaban la pelota. Había estudiado allí durante la dictadura, y la educación, contó, era marcial y brutal. Aún así, dijo, “era el único lugar en Chile donde un chico de 12 años podía experimentar la diversidad social”. Si los estudiantes tenían suerte en estar allí, ¿porqué protestaban? Zambra y Claudio convinieron en que si hubiera educación pública de calidad en Chile, una escuela como el Instituto Nacional no sería necesaria. “Debería poder asistir a una buena escuela más cerca de casa”, dijo Claudio. “No estamos peleando por nosotros, sino por todos los demás y por nuestros futuros hijos”. Había estado viviendo en la escuela en los pasados seis meses. No creía que, cuando se acabara la ocupación, le fuera fácil vivir en casa de nuevo; dijo que había perdido la costumbre.

Habíamos escuchado que, durante cierto tiempo, adolescentes anarquistas –no todos ellos estudiantes de la escuela—habían ocupado el Instituto Nacional y creado una peligrosa atmósfera tipo “El Señor de las Moscas”. ¿Era verdad, preguntó Zambra a Claudio, que las novias de los anarquistas se quedaban a dormir y que había alcohol y drogas? Claudio se encogió de hombros, incómodo; no quería hablar de eso. Finalmente, los “buenos” estudiantes se habían rebelado y, con la ayuda de padres y maestros, habían echado a los anarquistas. Uno de ellos, dijo Claudio, había puesto un cuchillo en su estómago y le había dicho que en el siguiente año escolar lo mataría. Cuando le preguntó si tenía miedo, respondió en voz baja: “Sí”. Había una placa en una pared que nombraba a los 30 estudiantes que habían muerto a manos de la dictadura y otra que listaba los 17 presidentes chilenos, incluyendo a Allende, que habían asistido a la escuela. Sobre esta placa habían pintado con spray el símbolo anarquista, que Claudio señaló con desaprobación. “No tienen respeto por lo que esta escuela representa”.

El primer día de la elección de la FECH terminó con la lista de Vallejo superando a la de Boric por 200 votos. Para el final del segundo día, después de un recuento que no terminó hasta casi la madrugada, la de Boric había ganado por 189 votos. Las fotografías mostraban a un eufórico Boric parado junto a una devastada Vallejo. Aunque recibió más votos individuales que nadie, Vallejo sería vicepresidenta.

Pocos días antes de Navidad, la asamblea estudiantil dio por terminada la ocupación de la Casa Central, así como hicieron los estudiantes secundarios del Instituto Nacional; 70 escuelas secundarias permanecieron ocupadas. Durante los meses de vacaciones, Boric tuiteó constantemente acerca de sus actividades e ideas. Jackson anunció que estaba formando un movimiento “democrático progresista” a favor de reformas radicales. Pero Vallejo siguió siendo la cara del movimiento estudiantil y cada una de sus declaraciones fue noticia. Dejó saber que estaba dispuesta a competir por un cargo parlamentario. Pero nadie estaba seguro de qué ocurriría cuando las clases comenzaran de nuevo, en marzo.

Marzo llegó a lo grande. Aun antes del comienzo del año universitario, se produjeron levantamientos en ciudades tan lejanas como Calama, Puerto Arenas y, más fieramente, en el remoto pueblo pesquero patagónico de Puerto Aysén, instigado por estudiantes universitarios locales y pescadores, entre otros. Las protestas giraban en torno de cuestiones locales –la explotación corporativa de recursos naturales, por ejemplo–, pero también sobre la falta de representación. Fuerzas especiales de carabineros fueron enviadas a Aysén, proveyendo subsecuentemente a las redes sociales de un continuo torrente de imágenes de shockeante brutalidad, lo que reforzó la imagen de un gobierno que, según escribió un observador, “criminaliza las demandas sociales”.

La primera protesta del nuevo año universitario, el 15 de marzo, fue realizada en apoyo de los estudiantes secundarios. Fue relativamente pequeña y terminó con violencia. Boric fue gaseado y maltratado cuando los carabineros irrumpieron brevemente en la sede central de la FECH. Vallejo no estaba en el acto. Se dijo que se había quedado afuera para no oscurecer a su sucesor en su debut. En lugar de ello, con otros jóvenes comunistas, ocupó las oficinas de la UDI, un partido de derecha de la Alianza gobernante, durante 45 minutos.

Boric, afirmaban muchos, no estaba en sintonía con el público general como lo había estado Vallejo y probablemente nunca lo estaría. Giorgio Jackson, a los 26 años ya parecido a un anciano estadista del movimiento, es cercano a ambos líderes. El dilema de Boric, me dijo, es “injusto”, pero inevitable. Boric, apuntó, “viene de una familia muy rica, y eso le vuelve más difícil conectarse con la gente. Es un estudiante de Derecho, y cuando uno habla de modo tan complejo, a veces se vuelve más difícil llegar a la gente. Camila habla con frases sencillas, sin tecnicismos, que la gente entiende”. Boric y Vallejo tienen una buena relación personal, me aseguró. Pero se ha convertido en una prioridad obsesiva de Boric y sus aliados distanciar públicamente al movimiento estudiantil del Partido Comunista y cierta percepción de su influencia. “No es que Camila haya cometido grandes errores”, dijo Jackson”, pero está en terreno muy vulnerable ahora”. Vallejo es la cara del movimiento estudiantil en todo el mundo, pero está bajo constante presión para mostrar que coloca al movimiento antes que la lealtad al Partido Comunista y sus ambiciones, y que no ha olvidado que fue el movimiento el que la levantó, no el Partido.

Al mismo tiempo, el capital y el poder políticos de Vallejo, a nivel nacional, sólo parecen haber crecido: cada uno de sus movimientos y declaraciones es estudiado para descubrir señales de sus intenciones políticas futuras. Me llamó la atención, a mi regreso, en marzo, la admiración y el afecto hacia ella ampliamente extendidos entre tantos chilenos, hombres y mujeres. Sin embargo, casi todo el mundo parece desear que se distancie de los comunistas. “No creo que Camila esté casada con el Partido Comunista”, había dicho José Soto, el ateniense adolescente, con esperanza, durante nuestra conversación. Si sólo –me decía la gente una y otra vez—se uniera al nuevo partido político de Jackson… A Jackson también le gustaría, pero no lo cree probable en lo inmediato: “Sería muy difícil para ella romper, crearía una tremenda fractura adentro de su Partido, aunque ella tiene el poder para hacerlo”. Agregó: Camila vive en el ojo del huracán cada día, diez veces más que yo. Toda esa presión es difícil para alguien de 23 años”.

Jackson dijo que el objetivo del movimiento estudiantil, este año, “es no morir”. Una encuesta de marzo mostró que el 85 por ciento de la población todavía respalda las demandas estudiantiles, pero nadie esperaba concesiones significativas del gobierno de Piñera. El objetivo del movimiento es influir en las elecciones presidenciales y parlamentarias de 2013. En el corto plazo, dijo Jackson, el nuevo liderazgo estudiantil tiene que evitar que los encapuchados, que alimentan las acusaciones gubernamentales de que el movimiento es cada vez más violento, dominen las manifestaciones. Las marchas deberían ser cuidadosamente planeadas, sostuvo, a fin de sacar a la gente en masa. Cuando una marcha es pequeña, unos 50 encapuchados se destacan, pero cuando decenas de miles marchan pacíficamente, se convierten en un tema secundario.

Vallejo y Jackson se han convertido en figuras nacionales, no sólo en líderes estudiantiles, y nadie disputa que han ganado poder real. Si los estudiantes y aquellos que organizan levantamientos al estilo de Aysén se unen, ese nuevo y gran bloque social comenzará a parecer menos un delirio.

Jackson no tiene deseos de ser elegido para el parlamento sólo por estar allí; eso, afirmó, “sería transformarme de inmediato en un viejo”. Dice que competirá sólo “si todas las estrellas se alinean” y el momento de cambio profundo está a la mano. Su partido –que, según dice, no tiene dinero– cuenta actualmente con 3.500 activistas, todos voluntarios. Crear una mayoría parlamentaria comprometida con la reforma, dice, llevará años de paciente trabajo político. En el sistema binominal, los candidatos no compiten individualmente, sino por pares. Uno sólo puede obtener bancas para los dos candidatos propias duplicando en votos –67%– a los rivales. Cree que hay espacio para que un candidato del movimiento, en pareja con un candidato disidente de la Concertación, ambos comprometidos con el programa de reformas, sean capaces de “duplicar”.

Cuando terminamos de hablar, Jackson, de remera y desprolijos bermudas, corrió bajo el sol del fin del verano para renovar su pase anual para los partidos de fútbol de la Universidad de Chile. Una mujer bien vestida que se hallaba en la vereda preguntó si era el líder estudiantil. “Me hubiera gustado saludarlo”, dijo. “Cuando era chica –antes de Pinochet–, estudiaba gratuitamente y no veo razón por la que los estudiantes no deban hacerlo ahora”.

Cuando Vallejo aceptó la invitación de un líder minero comunista para participar en una marcha en la ciudad de minas de cobre de Calama, provocó un montón de comentarios. Un político de la Alianza dijo: “No tiene nada que hacer en Calama… Es sólo un intento de mantenerse en los medios”. Otro tuiteó: “No me molesta que continúe su campaña publicitaria y su show de moda. Pedí a las fuerzas de seguridad que no se metan con su vestido ni con su pelo”. El vocero de Piñera, Andrés Chadwick, dijo con ironía que ella iba “a sacarse una foto”.

Pocos días más tarde, el 21 de marzo (de 2012), me crucé con Vallejo en un acto realizado en la Plaza de Armas en apoyo del levantamiento de Aysén. Me saludó con abrazo amistoso. Le preguntó sobre la reacción de los políticos ante su visita a Calama y sonrió. Calificó las declaraciones de “misóginas y muy grotescas”, y dijo que fueron un intento para “tratar de aislar a nuestros líderes de los movimientos sociales. Pero el movimiento no tiene fronteras, podemos ir adonde querramos, es nuestro derecho”. El movimiento estudiantil, dijo, había cambiado irreversiblemente a Chile. “Tienen miedo, están aterrados. Pero cuando los perros ladran”, agregó con una risita, “es señal de que avanzamos, y avanzamos bien”. La plaza estaba bien llena y un músico interpretaba una canción política plagada de escandalosas irreverencias. Pato Fernández, que había estado conmigo en la marcha de noviembre, imaginó que estábamos parados en el sitio donde los carabineros probablemente atacarían, quizás en forma inminente. Ninguno de los dos quería pasar por eso otra vez. Nos fuimos, apurándonos a atravesar unas pocas cuadras hasta el restaurante y bar de The Clinic. Unos 10 minutos después, mientras bebíamos en el patio, comenzamos a oler el gas en el aire.

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Published by Stéphane Parédé
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