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2 mai 2013 4 02 /05 /mai /2013 21:50

Líder de la primavera chilena y flamante ícono popular, a sus 23 años Camila Vallejo, hermosa e inteligente, es un estimulante ejemplo de transformación social que impulsa el despertar colectivo hacia un nuevo paradigma, libre de las estructuras opresivas del sistema socioeconómico imperante.

El movimiento estudiantil de Chile ha congregado a cientos de miles de personas en ese país, ganándose también el apoyo de una juventud ávida de vivir una transformación social en distintos lugares de América Latina. A diferencia de lo sucedido en las llamadas “primaveras árabes”, lo que está sucediendo en Chile, hasta el momento, no tiene ningún indicio de haber sido cooptado y trastornado por la clase política en el poder y las élites financieras que en ocasiones ejercen su influencia desde el extranjero; por el contrario, mantiene una vibrante legitimidad y se despliega con un vigoroso potencial de orquestar un cambio sustancial, real y posiblemente capaz de estremecer las estructuras que históricamente reprimen el desarrollo de la juventud y de las clases sociales marginadas por el capitalismo.

La figura descollante que lidera este movimiento masivo es Camila Vallejo Dowling, una joven de 23 años, presidenta de la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECH) —la segunda mujer en toda la historia de esta universidad en ocupar esta dirigencia—, hija de padres comunistas (su padre es también actor)  e insoslayablemente atractiva e inteligente. Camila se ha convertido en una celebridad, llevando, a veces por razones ajenas a la esencia del conflicto, esta protesta estudiantil más allá de las fronteras de Chile y en general aumentando su difusión mediática.

Vivimos, sin duda, en una sociedad que se deja llevar por el poder de la imagen y que consume los modelos de vida que las celebridades, consciente o inconscientemente, promueven dentro del aparato propagandístico cuya función es mantener  el statu quo. Pero si bien las celebridades sirven, casi inescapablemente, al modelo socioeconómico (y psicosocial) que enaltece los valores del consumo —y por añadidura de la enajenación, al intercambiar la individuación por el deseo aspiracional—, el caso de Camila —figura mediática y también in-mediata generatrix de la movilización callejera— por un momento parece hackear este paradigma para usarlo a su favor, como en un movimiento de judo (el objetivo de este arte marcial es “derribar al oponente usando la fuerza del mismo”) y exponenciar la fuerza de las voces silenciadas —por amenazantes al sistema pero también por ser inefectivas para la propagación de un mensaje dentro de la estructura particular de estos difusores de realidades programadas. Quizás sea un poco el furor del sueño que despierta (simbólicamente enarbolado por la mujer), pero Camila parece ser una celebridad que, excepcionalmente, se merece su notoriedad —más allá de su belleza, que galvaniza— ya que promueve una serie de valores que estimulan los principios básicos del humanismo, la libertad y la conciencia, y su misma imagen iterada se rebela frente a la cultura de las celebridades como un seductor virus que inyecta, en Helena, un Caballo de Troya.

“Desde los días del Subcomandante Marcos de los Zapatistas no ha habido un líder rebelde que haya fascinado tanto a América Latina. Esta vez no hay pasamontañas, no hay pipa ni pistola, solo un anillo de plata en la nariz”, dice el diario británico The Guardian sobre Camila. Pero más allá de la estética de la rebeldía y su profundo encantamiento, lo que sostiene y propulsa a la figura de Camila Vallejo es la fuerza de su movimiento (que genera marchas multitudinarias de una magnitud que no se había visto por décadas en Chile) y la claridad de su discurso. La directiz de la protesta estudiantil pacífica es la exigencia básica de eliminar la concepción usurera de la educación que, en la práctica, permea Chile, país donde los estudiantes muchas veces tienen que endeudarse para completar una educación que luego difícilmente les significará oportunidades de trabajo para poder pagar dichas deudas —en una versión moderna y sofisticada de esclavitud. Esta petición de educación superior gratuita va más allá de la mera retórica política y representa una amenaza para el sistema hegemónico porque significa en el fondo un empoderamiento de la juventud alejada de la élite a la que históricamente han mermado no solo económica sino también intelectualmente. Una juventud que de alzarse no tendrá contemplaciones en dar al traste el viejo sistema —y a sus sacerdotes— de manera radical. La misma Camila de algunas claves:

“Siempre es la juventud la que se mueve primero… no tenemos compromisos familiares, esto nos permite ser más libres. Tomamos el primer paso, pero ya no estamos solos, las viejas generaciones se han unido a la lucha”.

Más allá de la “utopía” de la educación gratuita:

“Nosotros creemos que es posible, a través de una reforma tributaria, de la recaudación de impuestos, especialmente a las grandes empresas, sobre todo a las mineras, que un 70% son privadas y que obtienen grandes ganancias de su operación en el país. Un solo dato: con las utilidades declaradas de una sola empresa minera, La Escondida, se podría financiar toda la educación del país: matrículas, profesores, investigación, etc.”.

 

En Chile,  el 60% del país vive con menos de 165,000 pesos mensuales per cápita (cerca de 180 euros) y prácticamente el 80% de la población vive endeudada. Camila aclara que desde la dictadura militar de Augusto Pinochet (1973-1990) “el Estado trasladó al mercado la responsabilidad de educar” a los jóvenes chilenos, implentando un régimen de capitalismo educativo, o un esquema que hace negocio de la formación del pueblo chileno.

“En Chile se instauró el modelo neoliberal en la educación y el Estado redujo sus aportes. Hoy el costo de la educación superior descansa en las familias, que tienen que endeudarse para educar a sus hijos. Lo que buscamos es recuperar la educación pública”, indicó.

La lucha de Camila y de millones de chilenos es fundamentada por Noam Chomsky, quien recalca en que la privatización de la universidad pública «significa la privatización para los ricos [y] un nivel más bajo de formación más bien técnica para el resto».

Por otro lado, Camila, musa querida indudablemente por los medios alternativos (posible bandera de un Chile que toma conciencia de lo que hizo la CIA en su valiente país) e inevitablemente difundida por los medios mainstream ante  su magnética personalidad, no suaviza ni compromete su discurso para ganar tiempo aire:

“Los periódicos pertenecen en un 98% a dos grandes conglomerados que prácticamente poseen una misma línea editorial, muy ligada a los sectores conservadores, por lo que son un gran obstáculo para buscar el apoyo ciudadano. Los diarios suelen desinformar al descontextualizar las declaraciones de los estudiantes, tergiversar nuestras demandas o simplemente evadir hechos sociales importantes. Los canales de televisión abierta tampoco son muy distintos. Suelen dar mensajes tendenciosos y parcelados, sin cumplir con su labor de informar objetivamente ni de ser pluralistas. De hecho, en muchas ocasiones, cuando los noticieros hablan sobre educación o del movimiento estudiantil, muestran imágenes de encapuchados o de destrozos, promoviendo una imagen errónea de nuestro movimiento”. 

Actualmente Camila supera al presidente Sebastián Piñera con un 68 por ciento de aprobación, a diferencia del 40% (algunas encuestas lo dan más bajo) que tiene el mandatario amigo de David Rockefeller. Tal vez por eso funcionarios del gobierno de Piñera han llamado, a través de Twitter, ”a matar la perra para que se acabe la leva” (haciendo eco de la sentencia de muerte que recibió Allende). También se han ventilado en Internet sus datos personales, para fomentar un asfixiante acoso. Pero por otro lado, y doblemente esperanzador ante la lamentable situación de la izquierda en muchos países del continente, Camila —y  no hay que olvidar a sus compañeros como Giorgo Jackson de la Católica— parece estar agrupando e inspirando a los líderes de la izquierda en la zona. Los diarios cubanos comunistas se desviven elogiando a la líder estudiantil (Granma, la llama “una luz en el camino”); el vicepresidente de Bolivia ha dicho (en un sentir que compartimos): “Todos estamos enamorados de ella”; e incluso ha sido mimada por el grupo de alta conciencia social Calle 13.

Pero nada de esto, en apariencia, parece desubicar a esta templada joven comunista que a los 14 años ya había leído al anarquista Mikhail Bakunin y que confiesa que su película favorita es El Club de la Pelea (el mismo film que inspira al interesantísimo movimiento hacktivista Project Mayhem 2012). Ante la crítica y en los momentos de euforia colectiva, Camila exhibe un sutil control de sí misma, un dominio y una mesura que sorprende e hipnotiza, una especie de reposo que le permite analizar  y recanalizar situaciones desde un secreto atalaya interior —como si fuera la niña índigo de una nueva generación política capaz de amansar los ataques de los lobos y liberar los atavismos de la vieja guardia empotrada en la cima de la pirámide. Así se levanta brillante la aguerrida poética de la nueva revolución social.

 

“SOY LA DESTRUCTORA DE MUNDOS”.

El usuario  rnunezb hace decir a Camila Vallejo, en un video de YouTube, “Soy la destructora de mundos”. Esto es especialmente simbólico, ya que parafrasea y feminiza una frase ligada a Shiva, el dios hinduista de la destrucción (que en su reverso revela la creación). Shiva simboliza la potencia masculina, el kundalini desde el culto fálico, pero también la necesidad de destruir para poder manifestar una transformación verdadera. Aunque quizás sea un exceso hiperbólico asociar estos conceptos con Camila Vallejo, estimulados por “la estética de la rebeldía” y lo que llamamos la “posesión arquetípica”, vislumbrando con voluntad —también onírica— una nueva época de liberación y de despertar, en la cual la mujer posiblemente asuma un rol protagónico —al menos con el mismo poder de guíar y servir de ejemplo para el colectivo que el que ha detentado en los últimos siglos —para detrimento del ecosistema— el hombre.

El escritor Antonio Velasco Piña, autor de Regina, uno de los libros más emblemáticos del movimiento estudiantil del 68 en México, sugirió de manera criptomística, junto a su maestro Ayocuán, que “la mujer dormida debe de dar a luz”: heraldo blanco de un cambio de conciencia en el planeta. Tal vez el nuevo papel de la mujer no solo es dar a luz, también es destruir el viejo mundo para que pueda nacer el nuevo. Sin recurrir a mesianismos y demás síntomas de una conciencia pueril no individuada, la figura de Camila podría ser simplemente simbólica e inspiradora para las mujeres en el mundo y también para los hombres, estimulando la necesidad de elevar la conciencia a un nuevo entendimiento de género.

“Elegí Geografia después de leer la malla curricular (plan de estudios). Vinculaba dos áreas, físicas y humanas, que me parecían interesantes. El territorio es un libro abierto a través del cual se puede hacer una lectura de los acontecimientos”, explica Camila, egresada de Geografía, la ciencia humana de la Tierra. Para aquellos de nosotros que gustamos de los símbolos y de los vuelos sintéticos de la imaginación quizás no sea menor que esta joven muse politik haya elegido estudiar esta disciplina que la conecta en cierta forma con la Madre Tierra. Según la milenaria tradición esotérica de distintas culturas, la mujer es esencialmente la encarnación (o la transpersonalización) de la Madre Tierra (Gaia, Pachamama, María, Isis; y Kali-Coatlicue, en su acepción destructora). Uno de los paradigmas que a todas luces deben de modificarse para la evolución de nuestra especie es nuestra relación con el planeta y la naturaleza —una entidad que para las culturas indígenas está viva y está siendo herida por nuestro sistema económico capitalista y nuestra visión atomista. Camila, la joven comunista (anti-consumista) en este sentido es representante natural de este profundo pleito ecológico que es sobre todo un dilema de conciencia, posiblemente de tener conciencia de que la Tierra está viva y de que somos parte de ella. Así, un líder de un movimiento colectivo que busca aumentar la conciencia colectiva a través de la educación, pero también de tomar cuenta del poder de la unión del pueblo, sirve como vocero de la Tierra, al igual que de las voces oprimidas de su país.

 

Cuestionada en repetidas ocasiones por los efectos que tiene su belleza física en el interés que ha generado el movimiento estudiantil chileno, Camila ha dicho que, más allá de desear que esto no desvirtúe el mensaje de fondo y baje el nivel de discusión, ella no desdeña la utilización de este mecanismo, bajo las condiciones que rigen la realidad consensual, para el beneficio de su lucha. Y es que más allá de la lucha por la iguladad de género, yace la importancia de la diferencia, de que cada quien pueda manifestarse en su totalidad como individuo —es decir, no tendría porque no ser ella misma en toda su extensión con todo lo que esto implica.

Otra vertiente interesante del caso de Camila entronca con lo que es originalmente, en su sentido más amplio, la belleza, la cual trasciende el cuerpo pero tampoco lo desdeña. Platón encontró una relación prístina de identidad entre belleza, bondad y verdad, arquetipos celestes que debían reflejarse en este mundo como portales para alcanzar las más altas virtudes. El poeta John Keats, como continuación platónica dijo: “Truth is beauty; beauty is truth”. La belleza que puede intercambiarse con la verdad es aquella que emana de la profundidad del ser y toca las fibras profundas —ideas— sobre las que se construye el mundo: la estética necesariamente involucra una ética y la seducción cierta inteligencia.

La belleza de Camila es integral, no puede dividirse (es su elocuencia, su cara y su cuerpo, su inteligencia, su valentía y lo que se transparenta de su espíritu) y en este sentido nos enseña, de manera holística, que el ser humano debe considerarse como un todo, alejándonos del atomismo. Nos enseña también a percibir a las personas integralmente. En cierta forma nos avasalla motivándonos, ya que al escucharla y verla sabemos que el burdo deseo se aniquila —sabemos que todos aquellos que objetifican su cuerpo (y el de todas la mujeres) y que surfean buscando sus “fotos sexies” en la red o que no esuchan lo que dice y solo se huelgan lascivamente en su superficie imaginal, no podrán tener un intercambio real con una persona verdaderamente bella, la radical otredad que nos lleva al descubrimiento del propio ser y de la cual, en este caso mediatizado, Camila es un símbolo.

Como un nuevo arquetipo embebido en la mente colectiva,  Camila Vallejo es un ejemplo para hombres y mujeres.  Para los hombres es un ejemplo de percepción de una nueva mujer, de la necesidad de ser capaz de apreciar la belleza física, incluso celebrarla, pero no quedarse ahí, de explorar la mente y el espíritu de la mujer, de escuchar y no solo ver, de entender y no poseer, de proveer seguridad pero para estimular la libertad; para la mujer es un claro ejemplo de desarrollo, de proactividad, sin perder su esencia —igualdad que exalta también la diferencia, la feminidad en su florecimiento. Es un ejemplo especialmente valioso para las mujeres que aún viven en el paradigma detectado en el poema de W.B. Yeats, “Adams Curse”:

“To be born woman is to know—
Although they do not talk of it at school—
That we must labour to be beautiful”.

["Nacer mujer es saber

—aunque no se dice en la escuela—

que debemos laborar para ser bellas"].

Esto es, una nueva forma de responder a la presión (y al beneficio) social de ser el “sexo bello”, mostrando que una mujer no tiene que sacrificar su belleza, sino todo lo contrario, si se afirma a sí misma y deja las frivolidades de una coquetería artificial, de una seducción basada en accesorios; belleza más allá del oropel, más allá del miedo y la debilidad. Mostar a las adolescentes —muchas de las cuales idolatran a la nueva Britney Spears, quien sea que sea en este momento (pronta seguramente a caer en la decadencia), y siguen a celebridades como modelos que en realidad representan versiones adaptadas del viejo arquetipo de la princesa cuya realización no está dada en ella misma, sino en el príncipe azul al cual debe de ser capaz de conquistar con cualquier artimaña, incluyendo la ilusión de la virginidad— que la belleza femenina crece con el desarrollo personal, con la inteligencia, el valor y, sobre todo, con el nivel de conciencia que se logre, mucho más que visitiendo la última prenda de diseñador o utilizando cosméticos y aprendiendo patrones de comportamiento programados por la sociedad para crear relaciones de poder, mismos que generalmente nos separan de la comunión erótica que es el principio de género en su danza.

En suma, si la sociedad en la que vivimos está dominada por la imagen y por el carácter aspiracional, el ejemplo de Camila es capaz de jugar con estos paradigmas que llevan a la enajenación y hackearlos, de hacerlos inspiracionales, para que lleven a la individuación, de exaltar los valores de la rebedía hacia el sistema dominante y afirmar la diversidad del ser. Quizás reactivar la energía poética que tienen la rebeldía y la revolución en su origen: la política (cósmica) como eje que nos propulse al siguiente estadio en nuestra evolución: del animal político hacia el humano alumbrado que despierta al planeta.

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2 mai 2013 4 02 /05 /mai /2013 21:45

 

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2 mai 2013 4 02 /05 /mai /2013 21:43

Concerning Chilean Student Leader Camila Vallejo’s visit to Cuba

Camila Vallejo. Photo: mesaredonda.cubadebate.cu

 

HAVANA TIMES, April 10 — I sincerely believe that the visit by the Chilean student leader Camilla Vallejo (CV) to Cuba has been an opportunity to make mistakes that were well taken advantage of by everyone.

In the first place, it’s unfortunate that a woman as brave and as smart has been put in contact with a reality so reprehensible without her being able to raise her own criticisms, which is what everyone is going to ask her about.

I don’t think this episode will go too far, but I think that if the Chilean Communist Party is looking to take a more active role in the politics of its country, to which everyone has a right, it must break with these testimonial events that bind it irrevocably to the past and make it difficult to project into the future.

I think that in her context, CV has been as adept as she could have been. She showed her disagreement with the Cuban model and said she wanted something else for Chile. And even when her [highly favorable]statements about Fidel Castro and the features of the Cuban political system were deplorable, I don’t think she was in a position to say otherwise.

We cannot forget the support given to an organization whose history is inevitably linked to the Cuban government. In that history there are pages which I — if I were Chilean — would never forget, like when Cuba opened its doors to thousands of Chilean exiles and became a pivot of world repudiation of the criminal and dictatorial regime of Augusto Pinochet.

But I won’t dwell any more on explaining Camila Vallejo, who incidentally doesn’t base her halo on her glamor, as her Cubans critics suggest, since she is neither a catwalk girl nor a media construction.

The recognition she has earned has been by virtue of her intelligence and her ovaries – of which she has a lot of both. These have allowed her to succeed equally at holding her own with rightist ministers (some of whom are unabashed admirers of Pinochet) as well as with ultra-leftists who were active in the student strike movement.

And she did this with enviable maturity and poise. She was so intelligent that no one could accuse her of simply being beautiful.

Camila received many critical reactions to her Cuban journey. Some of them were powerful, well-articulated arguments, but almost all were very emotional and terribly narcissistic.

Camila Vallejo. Photo: eldinamo.cl

It’s like imagining that on the island there’s no decent world after the opposition. It’s as if the rest of society is a herd of frightened opportunists where there is (quoting Ismael de Diego) “almost no one who is sufficiently elevated morally or ethically,” and according to these critics they haven’t been so for more than a half a century.

It’s a logical reaction of people situated on the margin, those who the totalitarian system condemn to the status of non-persons…people who have earned a place by virtue of facing repression and isolation. Notwithstanding, this isn’t a position that can build a worthwhile political alternative.

Cuban society is much more than dissidents, opponents and émigrés. And whoever wants to oppose it without recognizing this is going to end up entrenched in a virtuous ghetto, as a product for export and without connections to a reality of highly complex loyalties and resistance.
What caught my attention most, however, was the liberal charm suffered by the critics of CV.

It’s one thing to speak about liberal rights — a historic achievement of humanity — but it’s something else to talk about the specific nature of liberal-democratic regimes. When CV speaks about repression in Chile, she’s talking about very concrete things that exist along with the democratic political system.

The Chilean system poses undeniable virtues: a vibrant economy and many rights and freedoms that facilitate it (for example, CV can speak openly, her comrades can organize themselves and she can travel freely to Cuba).

It possesses a stable electoral system that permits changes in leadership; one that allowed a center-left coalition to rule for many years and that reformed some particularly inhuman aspects of the Chilean neoliberal world.

The party of which CV is a member has several deputies and controls some local governments. I should note that these virtues are the results of social struggles and citizens who on many occasions had to escape from the police, jailers and water cannons in the wake of pitched battles.

These are undeniable virtues, but it doesn’t mean that history has ended, as it is implied in some writings that seem enchanted with liberal dogma.

Camila Vallejo. Foto: mesaredonda.cubadebate.cu

CV speaks of a terribly unequal neoliberal economic system in which immense wealth coexists with bands of unacceptable impoverishment; an expensive health care system that doesn’t reach the poor and middle classes; a mercurial and inaccessible education system; particularly repressive police (so different from the Cuban police but somewhat like them), and a legal system that prohibits abortion and discriminates against gays and indigenous peoples.

Those and other conditions are what compel CV and Chilean society to continue fighting for a better future. They fight not only against a dictatorship that no longer exists, but also against the exclusion and discrimination of the capitalist system.

I think we need to look at the world beyond our island reality.

But also on this issue, the island’s critics of Camila Vallejo are victims of the Cuban system.

For years our youth have been indoctrinated by clichés and ideological constructions about the evils of a caricatured capitalism that doesn’t even exist in the slums of Sao Paulo, as well as the virtues of a form of socialism they proclaim as superior and irreversible.

When some of them have managed to break through the armored doctrine, they have ended up throwing out the baby with the bath water. They have inverted the terms of the explanation but with the same Manichean scheme: bad guys and good guys, virtue and sin, honor and shame.

If we were to learn to overcome our tendency towards unstoppable parochialism, insularity, one-upmanship and Manichaeism, maybe then we would come to understand that Camila Vallejo, the twenty-something-year-old-girl who put the seasoned Chilean political class in check, is not an enemy of a democratic, participatory and socially just Cuba.

And that’s why — for those who aspire to a better world — she’s basically our friend.

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2 mai 2013 4 02 /05 /mai /2013 21:42

Camila Vallejo: "Un régimen que abre cárceles y cierra escuelas no puede ser modélico"

camilaDesde noviembre de 2010, Camila Vallejo Dowling, una joven licenciada en Geografía de 23 años, preside la Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (FECh). En menos de un año, gracias a la claridad y elocuencia de su discurso, se ha convertido en una líder carismática del renaciente activismo estudiantil. Nieta de militantes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), hija de comunistas y militante a su vez de las Juventudes Comunistas, considera que la médula del movimiento estudiantil en Chile radica en la errónea concepción que se tiene allí de la tarea educativa, así como del rol que desempeña el Estado en este asunto.

 

 

 

Estima Vallejo que la educación en su país, así como otros servicios básicos como la salud y la vivienda, son excesivamente caros y su provisión de calidad está restringida únicamente a quienes los pueden pagar. "El Estado debe responsabilizarse de garantizar el derecho a la educación, proveyendo y financiando una enseñanza gratuita de calidad y acceso equitativo y regulando a la vez la educación privada sin que primen los afanes de lucro", explica la líder estudiantil chilena. "Sólo así se fortalecerá la educación pública y con ello el desarrollo humano, social y económico. Es muy positivo que nuestras movilizaciones estén teniendo el apoyo de la mayoría de la población".

¿Quizá por eso un 68% de los chilenos desaprueban la gestión del presidente, Sebastián Piñera? ¿Tan torpe fue la respuesta del Gobierno a sus demandas? 

El actual Gobierno de derechas no ha tenido voluntad política para responder a las demandas de la ciudadanía. Se ha mostrado intransigente y ha impuesto su línea ideológica sobre la mayoría del país. Esto es grave, porque significa que está gobernando sólo para unos pocos, para quienes hoy sacan provecho del sistema educativo y no quieren entender que existe una crisis difícil de resolver si no es cambiando su estructura desde la base. Por otro lado, la creciente movilización social ha hecho que el Gobierno muestre una faceta que había querido evitar, que es la de la represión; de ahí que la percepción general sea que no ha estado a la altura de las circunstancias, y la ciudadanía no quiere un Gobierno así.

Usted ha dicho que los medios de comunicación fomentan el desprestigio de los movimientos sociales. ¿Está ocurriendo eso con el movimiento estudiantil?  

Los periódicos pertenecen en un 98% a dos grandes conglomerados que prácticamente tienen una misma línea editorial, muy ligada a los sectores conservadores, por lo que son un gran obstáculo para buscar el apoyo ciudadano. Los diarios suelen desinformar, al descontextualizar las declaraciones de los estudiantes, tergiversar nuestras demandas o simplemente evadir hechos sociales importantes. Los canales de televisión abierta tampoco son muy distintos. Suelen dar mensajes tendenciosos y parcelados, sin cumplir con su labor de informar objetivamente ni de ser pluralistas. De hecho, en muchas ocasiones, cuando los noticieros hablan sobre educación o del movimiento estudiantil, muestran imágenes de encapuchados o de destrozos, promoviendo una imagen errónea de nuestro movimiento.

¿Hasta qué punto se pueden identificar las reclamaciones de los estudiantes con las claves de cambio social planteadas por Salvador Allende en su discurso de la Universidad de Guadalajara, en México?

Es muy impactante saber que Chile tuvo un presidente que realmente representaba el sentir de lo que hoy seguimos exigiendo. Probablemente, si el golpe de Estado no se hubiese perpetrado, nuestro sistema educativo sería muy distinto. En ese discurso hay ideas muy relevantes, que nos tocan como estudiantes universitarios y como futuros profesionales, y además recalca algo que a veces se nos olvida: la revolución no pasa únicamente por la universidad. Esa frase se refiere a que los cambios profundos sólo son posibles si todo el país, sus trabajadores, amas de casa, jubilados, todos junto a los estudiantes, se convierten en actores sociales. En eso están trabajando ahora muchas organizaciones sociales, en busca de la reconstrucción del tejido social perdido en la dictadura.

¿Qué opina del criterio del escritor Vargas Llosa, condecorado el año pasado por Piñera con la orden al mérito docente y cultural Gabriela Mistral, para quien Chile es un modelo como régimen político y económico?

Esa es la imagen de Chile que algunos pretenden exportar, ignorando que prácticamente el 80% de la población vive endeudada o que el 60% del país vive con menos de 165.000 pesos mensuales per cápita [180 euros], cuando hay aranceles universitarios de más del doble de esa cifra. Ignorando que el sueldo mínimo son tan sólo 182.000 pesos [200 euros] y que únicamente el transporte de una persona en un mes consume más del 20% de ese ingreso. No sé para qué persona puede resultar modélico un régimen que pretende eliminar la exclusión social abriendo más cárceles y cerrando escuelas públicas.

¿Qué significa ser comunista hoy y qué enseñanzas ha sacado de la educación familiar recibida? ¿Cree posible un socialismo democrático en Chile y América Latina?

En nuestro país, donde ha primado un sentido común básicamente neoliberal desdela imposición de la dictadura, los valores de la izquierda (solidaridad, fraternidad y justicia social) representan lo que sobrevivió a aquellos 17 años de oscurantismo. Creo que un proyecto político de izquierda no sólo tiene vigencia, sino que es necesario para superar la profunda desigualdad que nos aqueja como país y es consecuencia de nuestro fracasado sistema económico. Por eso admiro a los países que se han atrevido a dar pasos en esa dirección.

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2 mai 2013 4 02 /05 /mai /2013 21:41

Camila Vallejo – Latin America's 23-year-old new revolutionary folk hero

Chile has been engulfed by student protests – and their young leader has huge public support in her fight against the elite

 

 

Camila Vallejo
Camila Vallejo on a march in Santiago held on the anniversary of the Pinochet coup that toppled President Salvador Allende in 1973. Photograph: Aliosha Marquez/AP

As the Friday afternoon sun dipped towards the horizon, some students at the University of Chile played ping pong or football and couples lounged and kissed in the last warmth of the day. But others had more serious matters on their minds: the wildly popular student uprising that has transformed the nation's political agenda. And for many of the protesters involved and those who sympathise with its aims, the face of the uprising is Camila Vallejo.

In a basement auditorium a group of 60 student leaders planned the next steps in their burgeoning revolution for free university education, with Vallejo centre stage.

Vallejo sat behind her battered laptop, a small blue notebook on her desk and a rapt audience in front of her. When she speaks, her hands fly about, like birds snatching invisible prey. Her language is pointed and clear but, mixed with constant doses of humour and self-deprecation, she keeps her charges laughing.

As the second female president of Chile's leading student body, known as Fech (Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile), Vallejo – who is also a member of the youth arm of the Communist party, the JJCC – has presided over the biggest citizen democracy movement since the days of opposition marches to General Augusto Pinochet a generation ago.

The government response has reminded many older Chileans of that same dark era. Three days ago, on Thursday, Chilean riot police ambushed Vallejo and a group of fellow student leaders just after a press conference in downtown Santiago. "They [police] targeted the leadership with violence," said Ariel Russell, a University of Chile student who witnessed the attack. "We had not even started the march and the police apparatus was upon us."

Vallejo, a 23-year-old geography student, was singing and marching with a handwritten sign when a squad of military vehicles closed in and attacked her with jets of tear gas. A pair of trucks mounted with water cannons unleashed a barrage of water fierce enough to break bones and scrape a person across the pavement. Vallejo was soaked, a cloud of tear gas was then blasted on to her body. With her skin wet, the chemical reaction was massive and incapacitating. Vallejo was paralysed. Her body went into an allergic reaction and welts from the gas erupted over it.

"At first, we resisted, but it was intolerable," she told the Observer. "You could not breathe, it was complicated, we had to run away from the carabineros [police] then another water cannon hit us in the face with a different chemical, this was much stronger … my whole body was burning, it was brutal."

Over the next four hours, journalists were beaten and 250 people arrested. Twenty-five police were injured as masked youths with paint bombs and handfuls of rocks counter-attacked. All Thursday afternoon, downtown Santiago was awash in running street fights between heavily armoured police units and hundreds of protesters decked in shorts and tennis shoes, with scarves to shield them from the gas.

As squads of police attacked students, pedestrians and even an ambulance, Vallejo huddled up in an office, receiving medical care and monitoring the situation through mobile phone reports from a team of scouts at the edges of what quickly became a riot.

The government blamed Vallejo for the chaos; after all, she had made the much publicised call, mobilising her followers to congregate at Plaza Italia, a public park and march along the Alameda, the capital's main thoroughfare, which sits less than two kilometres from the lightly guarded presidential palace. Vallejo was quick to retort that public gatherings need no authorisation and that the police had illegally attacked students standing in a park.

Vallejo, an eloquent and attractive young woman who exudes self-confidence and style, took the violence in her stride and focused on what she sees as the positive achievements thus far. "For years, Chilean youth have been consumed by a neo-liberal model that highlights personal achievement and consumerism; it is all about mine, mine, mine. There is not a lot of empathy for the other," said Vallejo in her office, decorated with a large photograph of Karl Marx.

"This movement has achieved just the opposite. The youth has taken control… and revived and dignified politics. This comes hand in hand with the questioning of worn-out political models – all they have done is govern for big business and powerful economic groups."

In just a matter of months, Vallejo has been catapulted from anonymous student body president to Latin American folk hero with more than 300,000 Twitter followers. Type her name into Google and there are more than 160,000 results just from the past 24 hours. Brazilian students now parade her as a VIP guest at their marches, the Chilean president invites her to negotiate a settlement and when she calls for a show of strength hundreds of thousands of students throughout Chile take to the streets. As an adept and wildly popular social media phenomenon, Vallejo has risen to become the most recognisable face of the student protesters.

Throughout the six-month revolt, Chilean students – in many cases led by 14- and 15-year-olds – have seized the streets of Santiago and major cities, provoking and challenging the status quo with their demand for a massive restructuring of the nation's for-profit higher education industry. In support of their demands for free university education, since May they have organised 37 marches, which have gathered upwards of 200,000 students at a time.

Police repression has been frequent. Vandals who often use the cover of student marches to attack banks, pharmacies and utility companies are met by an armed force of riot police who routinely attack pedestrians and tear gas crowds of innocent civilians.

What began as a quiet plea for improvements in public education has now erupted into a wholescale rejection of the Chilean political elite. More than 100 high schools nationwide have been seized by students and a dozen universities shut down by protests.

Classes for tens of thousands of students have been suspended since May, and the entire school year might have to be repeated. Polls show an estimated 70% of the Chilean public backs the students' demands and an equal percentage find the government's proposal insufficient, according to figures from Chile's leading newspaper, La Tercera.

Widely admired for her eloquent speeches on Chilean television, Vallejo has gathered a cult following around the world that ranges from German folk rock tributes to videos from Latin America's largest university, the Universidad Nacional Autónoma de Mexico (Unam). "This internationalisation of the movement has been very important to us," says Vallejo who receives a daily deluge of fan mail and invitations to speaking engagements and seminars. "Here in Chile we are constantly hearing the message that our goals are impossible and that we are unrealistic, but the rest of the world, especially the youth, are sending us so much support. We are at a crucial moment in this struggle and international support is key."

In stark contrast to the students' popularity, the once beloved coalition known as La Concertación, which organised the overthrow of Pinochet and then ruled Chile from 1990 to 2010, has fallen into political obsolescence. La Concertación is now polling at just 11% approval. Sebastian Piñera, Chile's president, a billionaire businessman, has just 22% public approval ratings, the lowest ever in Chilean history.

"For 20 years they [La Concertación] reinforced the Pinochet model, they institutionalised it, modernised it without any profound changes. Now that this model is in crisis, they can't be part of the discussion as they are effectively comp- licit," explained Santiago student Ariel Russell. "Camila has an ability to deliver a very wide populist message, not populist just in terms of communicating to the poor, but also to the middle class… The youth now have more credibility than the traditional politicians."

• This article was amended on 9/10/2011 to correct factual errors regarding the abbreviation of Federación de Estudiantes de la Universidad de Chile (Fech) and to correctly attribute Vallejo's membership of the JJCC, not the full Communist party

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2 mai 2013 4 02 /05 /mai /2013 21:40

 








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2 mai 2013 4 02 /05 /mai /2013 21:37

 

 

 

 

 

Camila VallejoPor Camila Vallejo

La Unión de Jóvenes Comunistas (UJC) ha invitado a una delegación de las Juventudes Comunistas de Chile a las actividades de conmemoración por su 50° aniversario. Formo parte de esta delegación y espero aprovechar este viaje para también realizar intercambios y diálogos con los estudiantes de un país que destaca por sus altos estándares de calidad de una educación que es pública y gratuita.

Tendré la oportunidad de poder reunirme con dirigentes estudiantiles de la Organización Continental Latinoamericana y Caribeña de Estudiantes (OCLAE) y de nuestra organización hermana la Federación Estudiantil Universitaria (FEU), así como también recorrer distintas campus universitarios donde se organizarán foros y debates para poder intercambiar las experiencias del movimiento estudiantil chileno y el cubano.

Sin embargo, ya se empieza a percibir en el ambiente del debate público nacional ácidas críticas por haber aceptado esta invitación. Los mismos sectores que no han criticado al Papa por su viaje a la isla, juntarse con Fidel y declinar reunirse con la disidencia, rasgan vestiduras por la visita que jóvenes comunistas haremos a la isla.

Es por esto que quisiera compartir esta reflexión sobre lo paradójico que resulta el discurso de quienes critican con tanta rabia a Cuba o a quienes sienten cariño y respeto por ella, pero que por otro lado, justifican inaceptables prácticas y desigualdades que día a día transcurren en nuestro país, o incluso en el mundo entero debido a las guerras, el hambre, la explotación, la violación a los derechos humanos y un sin fin de concecuencias de la deshumanización que ha producido y sigue produciendo el sistema capitalista y determinados agentes del imperialismo estadounidense.

Lo primero que quiero señalar es que no es primera vez que visito Cuba. Viajé junto a unos amigos el verano del 2009, para conocer la isla en el contexto del 50° aniversario de la revolución popular que derrocó la cruel dictadura de Batista. Gracias al contacto con amigos chilenos (que estudian becados por el Gobierno cubano junto a jóvenes de todo el continente que probablemente no hubieran podido tener acceso a una buena educación en sus respectivos países debido a una formación pensada para la élite, cuyos altos costos privan a los sectores populares de lo que debiese ser su derecho) pudimos salirnos del circuito turístico y empaparnos de la cultura cubana cotidiana, sorprendiéndonos continuamente de las particularidades culturales, políticos y sociales que hacen tan difícil comparar a la ligera a ese país con el nuestro.

Conocí a un pueblo sumamente culto, dispuesto a conversar y discutir de manera permanente los problemas de su sociedad, con un acceso a la cultura, la educación, la salud y el deporte envidiable. La sociedad cubana no vive el drama que viven muchos países como el nuestro de la inseguridad ciudadana. La delincuencia es prácticamente inexistente y hay una ausencia de los hechos de violencia que de cuanto en cuanto estremecen a nuestra sociedad, debido a los nichos de marginalidad que nuestro sistema económico y social es incapaz de erradicar.

Se habla mucho de la represión que sufre el pueblo cubano, y yo quedé muy impresionada de lo contradictorio que es ese discurso si comparamos la práctica policial cubana con la chilena. No vi en ningún momento un Guanaco, un Zorrillo o gases lacrimógenos, vi a la policía circulando por las ciudades solo con su uniforme, sin cascos ni armas de ningún tipo. Ese nivel de cultura cívica, tanto del Estado como del conjunto de la sociedad, está a años luz de la represión que vivió el movimiento estudiantil el año pasado o la que dejó en la región de Aysén a compatriotas con graves lesiones de por vida. Ese tipo de prácticas simplemente serían inaceptables en la isla, ya que sin lugar a dudas, un pueblo que ha hecho gala frente al mundo de rebeldía e insubordinación a la injusticia difícilmente se dejaría acallar con instrumentos represivos.

¿Con esto digo que la sociedad cubana es perfecta o que Chile debería iniciar un proceso para parecerse a la realidad cubana? Por supuesto que no. Tampoco quiero ocultar con estas palabras el legítimo descontento que tienen ciertos sectores de la sociedad cubana con su sistema político-social. Tuvimos la oportunidad de escuchar críticas en nuestra estancia en la isla, pero bien distintas a las que se suelen verter acá sacadas de contexto. Conocimos muchos cubanos que aspiran a perfeccionar el socialismo para hacerlo atingente a las nuevas necesidades, que canalizan sus inquietudes a través de instrumentos democráticos para nosotros desconocidos, como la fuerte red de organizaciones sociales, reuniones de rendición de cuentas e instancias consultivas, donde en los últimos años se han dado una serie de discuciones que han llevado a una actualización del modelo encabezada por el gobierno. Algo que es obviado de manera deliberada por quienes hablan de disidencia, solo para resaltar a los sectores alineados con quienes atacan coninuamente el camino que llevan construyendo los cubanos desde hace décadas en contra de los ataques y restricciones de importantes potencias. Nosotros queremos conocer mas de cerca esta realidad, sabemos que es un debate cotidiano en la isla, que no necesita de los medios alternativos que echan de menos quienes hablan de falta de espacios, porque se da a todo nivel sin tapujos.

Ni Cuba es una sociedad perfecta, ni Chile tiene por qué seguir su camino. Los chilenos debemos desarrollar un camino propio para superar la desigualdad, la falta de derecho, la carencia de espacios democráticos y participativos e ir abriéndonos camino hacia la conquista de nuestra soberanía política, económica e intelectual. Todo esto en consideración de nuestra cultura y nuestra idiosincrasia nacional. Ejemplo de esto, es que los amplios sectores de izquierda que valoran la experiencia cubana, siempre hemos apostado en Chile por un camino de amplias convergencias sociales y políticas dentro de un régimen multipartidista.

Espero con estas palabras que el debate que empieza a surgir sobre nuestro viaje a la isla no se contamine con malintencionadas desinformaciones que deforman la realidad de la sociedad cubana. Y, por el contrario, pueda ser esta una oportunidad de generar intercambios más profundos e ir generando aprendizajes para que nuestras sociedades avancen en consolidar derechos sociales, en un ambiente democrático participativo, de defensa de la soberanía nacional y con valores como la solidaridad, el respeto en la diferencia y el principio de autodeterminación de los pueblos.

(Tomado de Blog de Camila Vallejo Dowling)

Imágenes recientes de la represión contra los estudiantes en Chile

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2 mai 2013 4 02 /05 /mai /2013 21:35

Tens of thousands in the streets confirm support for Chile’s two-day strike

Tens of thousands of Chileans marched peacefully on Thursday demanding profound changes to the country's heavily centralized and privatized form of government, though there were also clashes between small groups and the police. More than 450 people were arrested and dozens injured, including 26 Carabineros.

 

University student leader Camila Vallejo, as long as there aren’t responses, “this movement wills continue” 

Union members, students, government workers and centre-left opposition parties took part in the final day of a nationwide two-day strike, which included four separate protest marches in the capital and demonstrations across Chile. In many areas, families grabbed spoons and spilled into the streets to join in noisy pot-banging shows of support.

President Sebastián Piñera's ministers sought to minimize the impact. Police estimated Santiago's crowds at just 150,000 and said only 14% of government workers went on strike.

Union leaders claimed 600,000 people joined demonstrations nationwide. Raúl de la Puente, president of the government employees union, said 80% of his members joined the strike, at the cost of two days' pay.

Piñera called the strike unjustified because Chile's economy is growing strong and providing more opportunities. He also said he remains open to those seeking dialogue, although his administration has refused to discuss some student and union demands, arguing the real work of reform must be done in congress.

What began three months ago as a series of isolated classroom boycotts by high school and university students demanding education improvements has grown into a mass movement calling for all manner of changes in Chile's top-down form of government.

Protesters now want increases in education and healthcare spending, pension and labor code reform, even a new constitution that would give voters the chance to have the initiative of calling for referendums – a form of direct democracy previously unthinkable in a country only two decades removed from a military dictatorship.

“As long as there aren't responses from the executive to the demands, this movement will continue,” university student leader Camila Vallejo vowed.

Public opinion polls taken before the strike say the majority of Chileans side with the protesters, although it's unclear how the violence will affect popular sentiment.

Chile's much-praised economic model of fiscal austerity and private-sector solutions has failed to deliver enough upward mobility to a new generation, whose members see how their country compares to the rest of the world, said Bernardo Navarrete, a political analyst at the University of Santiago.

“The promise that they have made us during the military regime and during 20 years of the [centre-left] Concertation [government], and during the era of Piñera, is that education was a way to climb up in society, and the students noticed that this wasn't true,” Navarrete said.

“They know that Chilean universities are the most expensive places to study, that advancing in higher education depends more on the university you leave than your own merits, that success isn't guaranteed.”

Some of Piñera's ministers tried to reach out to people who feel they can't afford the quality education that Chile's best private institutions provide.

The economy minister, Pablo Longueira, told a meeting of executives on Thursday about a father who told him that he could afford to send only one of his two children to college. “If this was my reality, I would be marching as well,” Longueira said. “This is what we have to change in Chile.”

Others in the ruling coalition took a harder line. The governor appointed by Piñera for the Biobío region, Víctor Lobos, blamed the protests on unmarried parents, saying 65% of Chilean children are now born outside marriage.

“Today Chile is a country without family. I warned this would bring social conflicts to Chile,” Lobos said. “A child that doesn't receive anything, that doesn't receive affection, the loving attention of a father and mother and their protection, shows up in the streets with hate.”

 

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2 mai 2013 4 02 /05 /mai /2013 21:33

 

Camila Vallejo, dirigente estudiantil de Chile, fue entrevistada por el diario La República. La joven activista criticó las medidas tomadas por el presidente en lo referente a la lucha por la educación de calidad y gratuita.

Sin embargo, sabe que no todas las demandas podrán ser atendidas, pero que, después de más de cuatro meses de movilizaciones, siente el poyo de la ciudadanía y eso brinda mucho optimismo a su causa.

Unos fragmentos de la entrevista publicada en La República:

¿Eres consciente de que capaz todas las demandas de los estudiantes no sean atendidas como quieren de verdad?

Lamentablemente, el gobierno de Sebastián Piñera se ha caracterizado por su intransigencia ante las demandas sociales y en especial con el movimiento estudiantil, como hemos visto a lo largo de estos meses. Ante esto se ve complejo que accedan cien por ciento a nuestras demandas, más aún cuando se están jugando asuntos profundamente ideológicos acerca de cómo se concibe la educación. Sin embargo nosotros apostamos a la construcción de un movimiento social amplio y fuerte, capaz de revertir esta situación y buscar las soluciones –tales como el plebiscito- que nos permitan cumplir todas nuestras metas. Sabemos que es un proceso complejo, pero tenemos la convicción de que es posible.

Hace poco José Joaquín Brunner, experto en educación, decía que lo que ustedes pedían era inconstitucional, porque no se podía dirigir los impuestos a un fin específico. Hace poco tú pedías un cambio constitucional…

Nosotros sabemos que hoy, por la Constitución que heredamos de Pinochet, hay derechos humanos tan básicos como el derecho a la educación que no están garantizados, así como también hay muchas trabas para dificultar las exigencias de la ciudadanía que van en el sentido de recuperar y asegurar esos derechos; por ejemplo, no podemos hacer plebiscitos populares… Dentro de eso, vemos que los sectores que se oponen a cambios profundos dan argumentos como el de la inconstitucionalidad de nuestras demandas. Bueno, ante eso hay que destacar que nosotros apostamos a modificar la Constitución en todos aquellos puntos que sean necesarios para asegurar una educación pública digna para nuestro país; modificando por ejemplo el artículo 20, incorporando el derecho a la educación dentro de los recursos de protección; o directamente modificar los artículos que impiden que el Estado dirija más recursos específicamente a la educación, entre todos los cambios políticos que son necesarios en el Chile de hoy.

También comentó sobre la dimensión mundial que ha tenido las movilizaciones que ha convocado.

¿Han tomado en cuenta el impacto de la crisis en Europa y Asia, ya que la economía chilena se sostiene en el cobre principalmente?

Hoy Chile aparece como un país económicamente estable dentro de Latinoamérica, en parte por los bajos impuestos que existen a la inversión extranjera y gracias a las leyes económicas de libre mercado… pero en verdad esta supuesta estabilidad no es representativa de la realidad que viven millones de chilenos día a día, en donde prácticamente el 90% de la población corresponde a familias endeudadas. En este sentido, cuando Piñera se refiere a que las crisis económicas mundiales, sumadas a una posible inestabilidad política ocasionada por la intransigencia del gobierno y las constantes demandas sociales que no son satisfechas por este, harían a Chile un país “menos atractivo” para la inversión extranjera, es un miedo que sólo comparte la élite económica de nuestro país, ya que buscan mantener las cosas tal como están y seguir acumulando ganancias. Sin embargo, nosotros estamos conscientes de que los llamados países desarrollados o en vías de desarrollo, como los que hoy figuran en la OCDE, son países que en gran medida sí garantizan derechos como la salud o la educación de su población, aún siendo países que siguen un sistema de libre mercado. Por esto es que seguimos insistiendo en la necesidad de una reforma tributaria para financiar de mejor manera un sistema educativo público y de calidad, ya que en Chile es posible.

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2 mai 2013 4 02 /05 /mai /2013 21:30

Camila Vallejo, o el sueño de acabar con el bipartidismo chileno, por Francisco Goldman

 

El hotel tenía un aire mustio, pinochetista –bar oscuro, muebles pesados, camareros de camisa blanca y corbata negra—y atraía sobre todo a hombres de negocios. Pero cuando los camareros descubrieron que mis amigos y yo íbamos a la marcha de los estudiantes, cortaron limones y los pusieron, con sal, en una bolsa de plástico. En caso de que haya gas lacrimógeno, debíamos morder los limones para aliviar el efecto. Con sonrisas cautelosas, nos dejaron saber que apoyaban al movimiento estudiantil chileno y especialmente a su más prominente líder, Camila Vallejo. Uno dijo: “La Camila es valiente”; rió y agregó: “Está bien buena la mina”.

Camila Vallejo, la presidenta de 23 años de la Federación de Estudiantes de Chile, una belleza de Botticelli que usa un aro plateado en la nariz y estudia geografía, era la más prominente líder de un movimiento estudiantil de protesta que había paralizado al país y destrozado la imagen de Chile como el mayor éxito político y económico de América Latina. La marcha de ese jueves a la tarde de noviembre sería la número 42 desde junio.

En lo que se conocería como el Invierno Chileno, estudiantes de los campuses universitarios y escuelas secundarias de todo el país organizaron huelgas, boicotearon las clases y ocuparon edificios. Las protestas fueron las más grandes desde los últimos días de la dictadura de 17 años del general Augusto Pinochet, quien derrocó con un golpe militar, en 1973, al primer presidente marxista elegido democráticamente, Salvador Allende. Las quejas de los estudiantes reflejaban, de algún modo, las de sus contrapartes en  el Medio Oriente o en Zuccotti Park, en Nueva York. Chile bien puede tener el mayor ingreso per cápita de la región, pero en términos de distribución de riqueza clasifica como uno de los países más desiguales del mundo. La educación universitaria chilena es, proporcionalmente, la más cara del mundo: $3.400 dólares anuales en un país en el que el salario anual promedio es de $8.500.

El gobierno derechista de Sebastián Piñera se hundió en una crisis perpetua. Piñera, educado en Harvard, fundador de la mayor tarjeta de crédito de Chile, Bancard, y primer presidente de la derecha en su país desde Pinochet, promete gobernarlo, y a su economía, de un modo nuevo –como un empresario cuyos miles de millones no provienen de la minería o la industria, sino de las finanzas. El movimiento estudiantil mostró que el Camino de Piñera era lo de siempre: si la educación pública había sido virtualmente abolida bajo Pinochet, en los ’80, sus sucesores no habían hecho cosa alguna para recuperarla.

Apenas el 40 por ciento de los niños chilenos recibe una educación secundaria gratuita, en escuelas sub-financiadas; el resto asiste a escuelas privadas o de chárter parcialmente subsidiadas. Para solventar su educación universitaria, la mayoría de los estudiantes toma créditos bancarios, que los carga, y a sus familias, con años de deudas. Piñera defendió al sistema educativo chileno indicando que la educación es “una mercancía de consumo”. Vallejo replicó que la educación era un derecho fundamental y que “por más de 30 años” los empresarios habían “especulado y (se habían) enriquecido gracias a los sueños y las expectativas de miles de jóvenes y de familias chilenas”. Para septiembre, la popularidad de Piñera, tan fuerte después del rescate de los mineros chilenos en octubre de 2010, se había hundido al 22 por ciento, el más bajo de un presidente chileno en la historia moderna, mientras que la aprobación nacional al movimiento estudiantil se elevaba al 72 por ciento.

Había oído mucho sobre la alegre, carnavalesca locura de las marchas: cientos de miles de personas rodando por las calles de Santiago, con bandas y disfraces y carteles coloridos y carrozas y gritos. Cuando una lluvia helada cayó el día de la manifestación programada, los manifestantes llenaron las calles en lo que se conocería como la Marcha de los Paraguas. “Happenings” caprichosos y acciones de flash-mob atrajeron la atención internacional. Hubo un Kiss-In, cuando los estudiantes se besaron durante 1.800 segundos (30 minutos) enfrente de La Moneda, el palacio presidencial, para publicitar los 1.800 millones que costaría, supuestamente, financiar la educación pública —y las 1.800 vueltas que los estudiantes dieron alrededor del edificio, en giros de reloj; la protesta donde se disfrazaron como zombies y bailaron al son de “Thriller”; los cacerolazos, brotes iniciados por Twitter de gente golpeando cacerolas y sartenes, desatando un barullo de enjambre de insectos metálicos.

Esta marcha comenzó a las 6:30 p.m. en la Plaza Italia y avanzó hasta el Parque Bustamante. Fue relativamente pequeña (las estimaciones oficiales fueron de 7.000 personas; no oficiales, 15.000), pero aun así formidable. Carabineros a caballo en uniformes verde oliva se alzaban, duros, en una línea en el borde de la plaza. Carros con cañones de agua y transportes de troas con ventanas alambradas se hallaban estacionados en la vecindad. Los manifestantes levantaron banderas con el nombre de sus escuelas; pequeñas bandas y plataformas llevaban guitarristas y tamborilleros. La mayoría de los manifestantes eran estudiantes, pero vi gente de todas las generaciones. Esperaba echar una ojeada a Vallejo, pero no se la veía. Los perros callejeros corrían siempre frente a las grandes marchas, me contó mi amigo, el escritor y periodista Rafael Gumucio, y, justo detrás, venían los líderes estudiantiles, Vallejo protegida por una barrera de jóvenes custodios, mientras unos revoltosos estudiantes secundarios gritaban: “¡Tené mi hijo!” y “¡Aceptame en Facebook!”.

La atmósfera era relajada y alegre, como si nos dirigiéramos a un picnic en una bella tarde de verano. Adolescentes sin camisa se asomaban por las ventanas de una escuela ocupada, gritando y flexionando los brazos. Cuando otro grupo desconectó el cable de un equipo de la televisión, mi amigo Patricio Fernández, conocido como Pato, fundador de un semanario alternativo llamado The Clinic, pidió calma a los gritos. Pero incluso una manifestación tan aparentemente pacífica como este, me habían dicho, se tornaría, muy probablemente, violenta. Con la esperanza de erosionar el apoyo popular a los estudiantes, los voceros del gobierno y los medios conservadores retratan a los manifestantes como radicales sin ley. Los más notorios entre ellos son los encapuchados, que llevan pañuelos en la cara y arrojan piedras y cocktails molotov a la policía. Los estudiantes han insistido en que la mayoría de los encapuchados son ajenos al movimiento y que al menos algunos son infiltrados, plantados para incitar los contraataques de la policía.

Al fin de la marcha, una docena de encapuchados aparecieron como si estuviera concertado, bailando en las calles con gracia adolescente, arrojando piedras y botellas a la fila de carabineros protegidos con escudos antimotines que esperaban, parados, al fondo de una larga calle. La gente comenzó a sacar sus limones. Una chica muy linda de vestido se sentó en una esquina, con un pañuelo rojo sobre su boca y su nariz. Nadie parecía demasiado preocupado (frecuentemente, las marchas terminan con arrestos y estudiantes hospitalizados, pero hasta ahora ha habido una sola fatalidad, un chico de 16 años muerto por una bala policial). Un carro armado que disparaba agua desde cañones montados –un guanaco, llamado así por el animal andino parecido a la llama que escupe— rodó hacia los encapuchados. Pato y yo retrocedimos hacia el parque, donde miles de manifestantes pululaban pacíficamente entre los árboles. Los jeeps, llamados zorrillos, comenzaron a lanzar gas lacrimógeno al parque. La multitud arrancó en dirección opuesta, donde otro guanaco vino rodando hacia nosotros, y vi el rostro impasible de un policía de casco mientras nos rociaba con su cañón. La gente entró en pánico, tratando de amontonarse bajo los árboles, resbalando en el terreno embarrado. Pato y yo encaramos hacia el sur, y dimos con otro guanaco. Estábamos, miles de nosotros, atrapados, en un movimiento de pinzas de guanaco. Yo estaba empapado, me ardían el cuerpo y los ojos y no podía respirar. Corrí y resbalé, traté de levantarme, me caí de nuevo. Tenía un tajo sangriento en el antebrazo. Me alcé y corrí hacia la derecha. Carabineros con escudos cargaron contra la multitud, agitando sus palos. Escuché gritos, detrás de mí, mientras corría.

Pato y yo nos refugiamos detrás de las puertas cerradas de un edificio de departamentos cuyos habitantes nos dejaron entrar. Los zorrillos subían y bajaban por la calle, en busca de blancos para su gas. La policía acorraló a manifestantes en fuga, la mayoría adolescentes, y los arrojó al piso o a camionetas policiales. Una chica regordeta que nos gritaba desde la vereda que saliéramos a luchar fue arrestada momentos después. Tomé fotos desde la puerta con mi iPhone, pero el gas lacrimógeno me devolvió al corredor. Mi cara, mis ojos, estaban grotescamente hinchados, y la piel me ardía.

En los primeros días de las protestas, después de que los estudiantes ocuparan la Casa Central, que alberga las oficinas de la administración central de la Universidad de Chile, los carabineros usaron gas lacrimógeno contra los estudiantes y profesores que se hallaban reunidos adentro y se rehusaron, al principio, a dejar que nadie saliera. Finalmente, cedieron. “Nos abrieron paso”, declaró Vallejo más tarde, “y luego, directamente, nos atacaron”. Tras otra confrontación, Vallejo contó al corresponsal de The Guardian: “Mi cuerpo entero ardía. Fue brutal”.

Cuando volví a mi hotel y a la ducha, la piel estaba encendida como por napalm. ¿Qué se disparaba desde esos cañones que ardía bajo el agua fría? Días después, cuando puse la ropa que había usado en una bolsa para lavar, me hizo arder ligeramente las manos.

Para diciembre, las protestas estudiantes habían forzado la renuncia de dos ministros de educación y habían logrado colocar la reforma educativa al tope de la agenda parlamentaria. Mucho de ello se debía al carisma y el talento de Vallejo para capturar la imaginación pública. En octubre de 2010, durante las elecciones de la FECH, cuando pocos, si alguien, presentían la tormenta que se venía y menos aún habían oído de Camila Vallejo, ella y otros cuatro estudiantes hicieron un video llamado “Estudiantes de la Izquierda”. Sentados en el césped de un campus universitario con un rockabilly de fondo, se turnaban para enunciar proposiciones de campaña, con Vallejo recitando a toda velocidad sus memorizadas frases como si estuviera en un concurso de deletreo. En un gesto digno de una tonta campaña para consejo estudiantil, se pararon al unísono y alzaron puños que emitían rayos. Pero debajo de sus eslógans y promesas idealistas –“la Universidad debería ser un motor de cambio en la sociedad”—, había un mensaje más vital. La educación no era sólo una cuestión estudiantil; era un síntoma de lo que estaba mal en Chile.

Pocos meses después de que comenzaran las protestas, el presidente Piñera habló desde la escalinata de La Moneda. “A todos nos gustaría que la educación, la salud y muchas otras cosas fueran gratuitas”, dijo, “pero, al fin y al cabo, nada es gratis en la vida. Alguien tiene que pagar”.

“Obvio que alguien tiene que pagar”, replicó Vallejo, “pero no hay razón por la que las familias deban financiar entre el 80 y el 100 por ciento”. ¿Por qué no el Estado –a través de impuestos a las grandes corporaciones, la nacionalización de recursos, una reducción en el presupuesto militar? Cuando otra marcha terminó en violencia, Vallejo y sus compañeros reunieron cientos de casquillos de gas lacrimógeno y los llevaron a La Moneda. “Aquí hay más de 50 millones en bombas de gas lacrimógeno”, anunció Vallejo; dinero, dijo, que podría haber sido gastado en educación. Los estudiantes colocaron los cartuchos para formar un signo de la paz sobre la plaza y Vallejo se acuclilló en el centro. La imagen fue publicada en todo el mundo.

Para fin de 2011, Vallejo sería tapa del semanario alemán Die Zeit como la figura emblemática de un año marcado por protestas políticas en todo el mundo. En una encuesta nacional hecha por los medios, los chilenos la eligieron como “la persona del año”. Lo mismo hicieron los lectores de The Guardian. La cuenta de Twitter de Vallejo tiene más de 400.000 seguidores. Las estrellas del pop star la cortejan (el cantante de Franz Ferdinand tuiteó: “Camila Vallejo. Estoy enamorado”).

“La convirtieron en un ícono, a cuya altura resulta imposible vivir”, me dijo el novelista Alejandro Zambra. “Pero ella resultó estar más que a la altura”. El aire de serena autoconfianza de Vallejo, explicó, su comportamiento de chica común y, por supuesto, su bello rostro, le ganaron la simpatía y al confianza de los hogares trabajadores y de clase media de todo Chile. En poco tiempo, pareció, La Camina estaba en los noticieros y los programas políticos de la TV casi cada noche –y cuando la gente la oía, descubrían que estaban de acuerdo con ella. ¿Por qué, durante más de dos décadas, habían soportado pasivamente un sistema educativo injusto impuesto por una dictadura desacreditada?

A fin de noviembre, la majestuosa Casa Central, todavía ocupada por los estudiantes estaba cubierta de posters, graffiti y caricaturas que se burlaban de las figures del gobierno. Una bandera que colgaba a lo largo de la fachada rezaba, en letras mayúsculas: “La lucha es de toda la sociedad. Educación libre para todos”. Alguien había colocado una capucha sobre la estatua del fundador de la Universidad. Sobre un muro había una reproducción de tamaño real de una fotografía de Rimbaud, junto a una cita, en caracteres negros, de “Iluminaciones”: “Compañera mía, mendiga, niña monstruo. Únete a nosotros con tu voz imposible. ¡Tu voz! ¡Única aduladora de esta vil desesperanza!”.

El cambio asomaba. Muchos se preocuparon porque, a medida que el año escolar se terminaba, el movimiento se desvanecía. Pocas semanas más tarde, los estudiantes de la Universidad de Chile votaron volver a clase. El semestre sería extendido, cortando los tres meses de vacaciones por la mitad.

Y ahora, el período de Vallejo como presidenta de la FECH se terminaba. El otro prominente líder del movimiento, Giorgio Jackson, un izquierdista de la prestigiosa Universidad Católica, también había completado su período. Una nueva elección estudiantil estaba en marcha.

La elección de la FECH fue un gran acontecimiento en Chile. La federación estudiantil no tiene rol oficial en el gobierno. Pero la Universidad de Chile ha ejercido siempre influencia sobre la vida política de la nación, especialmente antes de Pinochet: allí se graduaron todos, excepto tres, de los presidentes chilenos del siglo XX, incluyendo a Allende, y, como él, muchos fueron ex líderes de la FECH. Para disminuir esa influencia, el gobierno de Pinochet cortó el presupuesto de la universidad, cerró muchas de sus facultades, repartió sus campuses de las afueras de Santiago en escuelas regionales autónomas y levantó financieramente a la Universidad Católica como una alternativa conservadora para estudiantes de élite.

Ahora, la campaña tenía un implacable programa de debates, actos y apariciones por televisión. Hubo nueve listas de candidatos, la mayoría afiliadas con partidos marginales y organizaciones de la larga historia subterránea de la política estudiantil en Chile, algunos de ellos sospechados de lazos con los partidos gobernantes de la derecha. Sólo Vallejo, miembro de la Juventud Comunista, exhibía su lazo con un partido establecido. Se percibía que el movimiento estudiantil se hallaba en una encrucijada. Había ganado algunas concesiones del gobierno, pero los estudiantes se sentían frustrados porque sus más importantes demandas –restaurar la educación gratuita y separar al sector privado y a las municipalidad de la conducción de las escuelas primaria y secundaria—no habían sido atendidas. Los simpatizantes de Vallejo argumentaban que una segunda presidencia era la mejor forma de continuar la lucha. Pero nadie sabía con seguridad qué traería el nuevo año escolar –¿el movimiento se volvería más radical y crecientemente violento? ¿O se disiparía por completo?

En la Casa Central, los estudiantes pululaban en el balcón abierto que mira a un patio elegante, donde banderas blancas de seis metros se hallaban desplegadas sobre el piso de mosaicos junto a latas abiertas de pintura. Hacían avisos de campaña para la lista conocida como Luchar, que los medios describían regular y erradamente como anarquista. Sólo una bandera estaba terminada. Dos chicas yacían boca abajo, durmiendo. Más tarde vería banderas de todas las listas, como grandes velas de navíos, colgadas de los muros de los edificios de la universidad.

La sesión de esa noche estaba repleta de troscos —trotzquistas. Escuchaban fascinados a un orador que había liderado recientemente la ocupación de una fábrica en la Argentina y rompían a cantar, cada tanto, unos eslogans como trabalenguas. No era difícil recordar a sus iguales de 1973, aquellos que el narrador de la novela “Estrella Distante” de Roberto Bolaño describe hablando en “un eslang o jerga derivado en partes iguales de Marx y de Mandrake el Mago”, cuyos sueños de revolución terminarían en mazmorras de tortura y prisiones, o en largos años de debilitante exilio y amargo recuento—la historia de una generación.

El paralelo no pasa desapercibido a los críticos del movimiento estudiantil. “La Universidad de Chile como vanguardia revolucionaria”, escribió en El Mercurio Patricio Meller, un profesor de ingeniería industrial de la Universidad de Chile. “Hemos visto esta película y sabemos cómo termina”. Pero el pesimismo de Meller bien podía estar errando sobre lo que realmente ocurre en Chile. Esta es la primera generación que crece sin recuerdos personales de la dictadura. En un perfil de Giorgio Jackson, publicado en la revista mexicana Gatopardo, Rafael Gumucio preguntaba al líder estudiantil: “¿Qué significa la dictadura para tí?” y Jackson respondió: “Nada. Nací en 1987”. Lo que conmovió a Gumucio y muchos otros de este movimiento es que, más allá de toda su retórica revolucionaria, se ha mantenido pragmáticamente concentrada en la reforma educativa. “Las protestas estudiantiles que han movilizado a Chile son, quizás, el resultado de un cambio radical en los roles de padres e hijos”, escribió Gumucio. “Porque en Chile son los padres los nihilistas, los suicidas, los silenciosos, los frustrados, y sus hijos los reformistas, los realistas, los estrategas”.

Un lunes a la noche, a fines de noviembre, asistí al debate de los candidatos de la FECH en la escuela de administración pública. Vallejo esperaba su turno, parada con un pequeño círculo de simpatizantes. Advertí cómo los otros la adoraban, que ella era la que hablaba y la que hacía reír a todos. Sus ojos brillaban y a veces su sonrisa era sardónica, incluso zafada. Más tarde Giorgio Jackson me contó que las bromas de Vallejo son excepcionalmente “saladas”. ¿Saladas cómo?, pregunté; pero no me dijo. Vallejo resguarda su vida privada con una disciplina de hierro y quienes pasan mucho tiempo con ella, incluyendo algunos de sus rivales, son igualmente reservados. Tan poco se sabe de ella que lo poco que se filtra crea una excitación de tabloide. Cuando alguien posteó una fotografía de ella en bikini en una playa, se esparció como un virus. La falsa creencia de que había florecido un romance de cuento entre ella y el apuesto Jackson estaba tan extendida que incluso su novia de larga data estaba celosa. De hecho, Vallejo tiene un novio estable –un pololo, en términos chilenos–, un cubano que se mudó a Chile siendo adolescente. Era el tipo alto, de barba y ojos tiernos que creí primero que era su guardaespaldas.

La reticencia de Vallejo a ponerse por delante era, en parte, estratégica –estaba decidida a dar la impresión de que bien podía ser la vocera del movimiento pero que era apenas una entre muchos. Tenía, también, otras razones. En agosto, una funcionaria menor del gobierno, Tatiana Acuña, tuiteó: “Se mata a la perra y se acaba la leva”. Se hacía eco de una frase infame dicha por Pinochet el día del golpe del ’73, cuando Allende se suicidó mientras las tropas irrumpían en La Moneda. Todo el mundo entendió que el tuit se refería a Vallejo, y Acuña fue despedida. Ese mismo mes, Vallejo recibió amenazas de muerte, y la Corte Suprema ordenó protección policial.Luego, alguien posteó su dirección en Twitter, y los padres de Vallejo insistieron en que, por su propia seguridad, se mudara de casa.

Esa semana, debido a las exigencias de la elección, era aún más difícil hablar con Vallejo que lo usual. Pero me crucé con su padre, Reinaldo, en una calle de autopartes y ferreterías –posee una tienda pequeña de aire acondicionado y calefacción con su mujer—y nos fuimos a tomar un café para charlar. Reinaldo, un hombre pesado de pelo claro y melancólicos ojos azules, alguna vez, alrededor de 1982, fue estrella de un teleteatro popular en Chile. Es, también, un miembro veterano del Partido Comunista y perteneció a un grupo teatral político que viajaba por el país ofreciendo shows para los mineros. Siendo niña, Camila lo acompañaba. Durante la mayoría de la infancia de Camila, la familia vivió en La Florida, un barrio de clase media y trabajadora, donde ella asistía a una escuela alternativa llamada Colegio Raimapu, que educaba a los niños de padres antipinochetistas (ni Reinaldo ni su mujer fueron jamás encarcelados). Él me contó que a ella le gustaba el arte y el dibujo, y que, originalmente, iba a inscribirse en la Universidad de Chile para estudiar escenografía. Siendo adolescente, se unió a la Juventud Comunista. Él me dijo que extrañaba tenerla en casa. Luego, la conversación giró hacia las elecciones, y dijo: “Nosotros, los comunistas, estamos acostumbrados a perder. Le digo a Camila que no se convertirá realmente en líder hasta que aprender lo que significa perder”.

En las elecciones de la FECH, los rivales de Vallejo estaban convirtieron en un tema su asociación con el Partido Comunista de Chile. Se la responsabilizaba –aunque difícilmente fue una decisión exclusivamente suya—por la disposición del movimiento a negociar con los políticos tradicionales de la Concertación, la coalición de partidos de centroizquierda de la oposición (con los cuales el Partido Comunista estaba aliado entonces). Todos los líderes chilenos posteriores a Pinochet habían venido, con excepción de Piñera, de la Concertación y ¿qué había cambiado? En noviembre, los líderes estudiantiles, incluyendo a Vallejo y Giorgio Jackson, viajaron al parlamento, en la ciudad costeña de Valparaíso, para mantener conversaciones con algunos políticos de la Concertación sobre el presupuesto educativo, pero al final sóo se aprobó un modesto aumento. El particular sistema “binómico” chileno asegura un virtual empate en ambas cámaras del parlamento entre la Concertación y la derechista Alianza y, según creen muchos, que una auténtica reforma estructural en Chile sea casi imposible.

El liderazgo de Vallejo era retratado por sus críticos, muchos de los cuales la corrían por izquierda, como demasiado institucional, demasiado confiado. Su principal rival, Gabriel Boric, hablaba de trabajar fuera del sistema, en busca de un completo cambio de la estructura política el país. “Es principalmente el uno por ciento el que controla este país, las élites económicas, aquellos que se rehúsan a considerar la reforma impositiva”, me dijo una noche Francisco Figueroa, un colaborador de Boric. “Tenemos que crear un gran bloque social por el cambio, porque no es suficiente con convocar a marchas y conferencias de prensa”.

Una noche de viernes, el Partido Comunista convocó a una velada para reunir fondos para Vallejo en un restaurante ecuatoriano, y fui invitado a asistir. El patio cubierto y el cuarto trasero estaban atestados de veteranos de la larga, mayormente fútil marcha del comunismo chileno, así como de miembros de la Juventud Comunista, incluyendo a su secretaria general, la morocha de ojos negros Karol Cariola (la gente siempre discute quién es más hermosa, Camila o Karol). Entre los presentes se hallaba el anciano presidente del Partido, Guillermo Teillier, encarcelado bajo Pinochet y ahora miembro del parlamento chileno. Mientras los jóvenes lucían hip y modernos, muchos de los viejos, adustos y pesados, recordaban al estereotipo comunista de la era soviética.

Todo el mundo quería posar en fotografías con la más deslumbrante figura del partido, su futuro. También yo lo hice, parado entre un ancho comunista y Vallejo, y luego tomé asiento en una mesa de jóvenes, sólo para ser arrastrado a la mesa de honor. Vallejo se sentó en la otra punta. La conversación durante la cena me recordó a conversaciones que tuve años atrás en Nicaragua, con sandinistas que se esforzaban por convencerme de cuán moderados eran, o de su fe en la democracia, la economía mixta de mercado, etcétera. No quería tener esa conversación de nuevo. Los viejos comunistas habían pasado del vino al agua –la primera ronda de vino iba por la casa, pero ahora teníamos que pagar—y lucían torvos. Quizás todo su dinero se había ido en los sobres para la campaña de Vallejo. Pedí dos botellas de vino para la mesa y bebimos.

Era conmover cuán descuidada era Vallejo al mostrarme esta parte de su mundo, dadas las críticas que le había traído su afiliación al partido. Como Boric y otros líderes estudiantiles, ella se identificaba expresamente con la reciente ola de presidentes izquierdistas de América Latina, Lula en Brasil y Evo Morales en Bolivia, pero frecuentemente resbalaba cuando los entrevistadores la presionaban con Venezuela o Cuba y atribuía la falta de un libre acceso a Internet en Cuba al bloqueo norteamericano, y luego se ponía impaciente. “Sólo por ser comunista no defiendo estrictamente al régimen cubano”, declaró a un entrevistador.

El joven publicista a través del cual yo había estado tratando de arreglar una conversación con Vallejo me dijo que podía entrevistarla al día siguiente, en la escuela de economía de la Universidad de Chile. Más tarde, la busqué y la vi besando lánguidamente a su novio.

Al día siguiente, mientras los candidatos de la FECH realizaban una feria al aire libre, en la que cada lista ofrecía comida y bebidas, Vallejo y yo nos sentamos al fin en una mesa de picnic a charlar. Su rival Boric y ella, subrayó, compartían objetivos comunes, “el mismo horizonte”: una democracia más participativa y un Estado más fuerte. En un debate, ella calificó como “mesiánico” a su competidor, y dijo que era más importante hablar con “todas las estructuras”. Desarrolló más el punto ahora. El grupo de Boric “machaca con sus principios, pero hay un infantilismo: dado que la Concertación hizo tal cosa el año pasado, no podemos trabajar con ellos”, dijo. “Pero tenemos que presionar a la Concertación para que esté más de nuestro lado y evitar que haga pactos con la dercha”. Su voz suave, confiada, tenía una agradable musicalidad. Hablando sobre estrategias parlamentarias, mostraba conocimiento y precisión. Mencionó cómo el gobierno había buscado más, no menos, privatización del presupuesto educativo y que esta vez los estudiantes habían podido persuadir a la Concertación de abstenerse. “No es una victoria, pero marcó una posición. Por primera vez en la historia, la Concertación no traicionó a los estudiantes”. Mientras hablaba, su mirada era tranquila y firme.

El movimiento secundario era menos organizado, más revoltoso, que el universitario. Las escuelas secundarias fueron ocupadas por adolescentes, a menudo con el apoyo de padres frustrados por las desigualdades y los costos del sistema educativo, incluso aunque, pasadas las huelgas, los estudiantes se vieran forzados a repetir el año para recuperar las clases perdidas. Algunos estudiantes iban cada día desde sus casas; otros habían estado viviendo en las escuelas durante meses. Había oído a gente decir que si las demandas de los estudiantes universitarios no eran atendidas, la generación que venía después –actualmente en el secundario— sería más intransigente, más violenta.

Una tarde, el novelista Alejandro Zambra me acompañó al Instituto Nacional, la más prestigiosa escuela secundaria pública de Chile, que había permanecido ocupada durante seis meses. Fundado en 1813, el Instituto Nacional prepara a los más inteligentes chicos del país para triunfar en los exámenes que garantizan la admisión a la Universidad de Chile y la Universidad Católica.

Cuando llegúe, las sillas de las clases estaban amontonadas contra entradas bloqueadas, un erizado símbolo de las escuelas secundarias ocupadas en todo Chile. Nos recibió en la puerta José Soto, presidente del grupo estudiantil de la escuela, un adolescente alto de aire solemne. Vestía su uniforme escolar, pantalones grises y blazer naval con la insignia de la escuela. Soto no quería dejarnos entrar. Los padres entraban y salían del vestíbulo, llevando comida a sus hijos ocupas. Una mujer de una tardía mediana edad se acercó y abrazó jovialmente a Zambra. Era profesora de literatura; él había sido su estudiante casi veinte años antes. Los ocupantes le habían pedido clases informales y acababa de dar una. Convenció a Soto de hablar con nosotros.

Más tarde, Zambra describió a Soto como “la perfecta combinación de nerd y revolucionario”. Soto dijo que quería estudiar historia en la universidad. El día que los estudiantes votaron ocupar la escuela, reunidos en el patio y en los corredores que daban a él para oír discursos, había sido, según contó Soto con orgullo, como “la democracia en la antigua Atenas”. Finalmente decidió dejarnos pasear por la escuela, y designó a Claudio, un delgado chico de 15 años, de aire alegre, como nuestro guía. La visita conmovió a Zambra. Mientras cruzábamos el patio, recordó el caos de 40 partidos de fútbol a la vez y los duros que te robaban la pelota. Había estudiado allí durante la dictadura, y la educación, contó, era marcial y brutal. Aún así, dijo, “era el único lugar en Chile donde un chico de 12 años podía experimentar la diversidad social”. Si los estudiantes tenían suerte en estar allí, ¿porqué protestaban? Zambra y Claudio convinieron en que si hubiera educación pública de calidad en Chile, una escuela como el Instituto Nacional no sería necesaria. “Debería poder asistir a una buena escuela más cerca de casa”, dijo Claudio. “No estamos peleando por nosotros, sino por todos los demás y por nuestros futuros hijos”. Había estado viviendo en la escuela en los pasados seis meses. No creía que, cuando se acabara la ocupación, le fuera fácil vivir en casa de nuevo; dijo que había perdido la costumbre.

Habíamos escuchado que, durante cierto tiempo, adolescentes anarquistas –no todos ellos estudiantes de la escuela—habían ocupado el Instituto Nacional y creado una peligrosa atmósfera tipo “El Señor de las Moscas”. ¿Era verdad, preguntó Zambra a Claudio, que las novias de los anarquistas se quedaban a dormir y que había alcohol y drogas? Claudio se encogió de hombros, incómodo; no quería hablar de eso. Finalmente, los “buenos” estudiantes se habían rebelado y, con la ayuda de padres y maestros, habían echado a los anarquistas. Uno de ellos, dijo Claudio, había puesto un cuchillo en su estómago y le había dicho que en el siguiente año escolar lo mataría. Cuando le preguntó si tenía miedo, respondió en voz baja: “Sí”. Había una placa en una pared que nombraba a los 30 estudiantes que habían muerto a manos de la dictadura y otra que listaba los 17 presidentes chilenos, incluyendo a Allende, que habían asistido a la escuela. Sobre esta placa habían pintado con spray el símbolo anarquista, que Claudio señaló con desaprobación. “No tienen respeto por lo que esta escuela representa”.

El primer día de la elección de la FECH terminó con la lista de Vallejo superando a la de Boric por 200 votos. Para el final del segundo día, después de un recuento que no terminó hasta casi la madrugada, la de Boric había ganado por 189 votos. Las fotografías mostraban a un eufórico Boric parado junto a una devastada Vallejo. Aunque recibió más votos individuales que nadie, Vallejo sería vicepresidenta.

Pocos días antes de Navidad, la asamblea estudiantil dio por terminada la ocupación de la Casa Central, así como hicieron los estudiantes secundarios del Instituto Nacional; 70 escuelas secundarias permanecieron ocupadas. Durante los meses de vacaciones, Boric tuiteó constantemente acerca de sus actividades e ideas. Jackson anunció que estaba formando un movimiento “democrático progresista” a favor de reformas radicales. Pero Vallejo siguió siendo la cara del movimiento estudiantil y cada una de sus declaraciones fue noticia. Dejó saber que estaba dispuesta a competir por un cargo parlamentario. Pero nadie estaba seguro de qué ocurriría cuando las clases comenzaran de nuevo, en marzo.

Marzo llegó a lo grande. Aun antes del comienzo del año universitario, se produjeron levantamientos en ciudades tan lejanas como Calama, Puerto Arenas y, más fieramente, en el remoto pueblo pesquero patagónico de Puerto Aysén, instigado por estudiantes universitarios locales y pescadores, entre otros. Las protestas giraban en torno de cuestiones locales –la explotación corporativa de recursos naturales, por ejemplo–, pero también sobre la falta de representación. Fuerzas especiales de carabineros fueron enviadas a Aysén, proveyendo subsecuentemente a las redes sociales de un continuo torrente de imágenes de shockeante brutalidad, lo que reforzó la imagen de un gobierno que, según escribió un observador, “criminaliza las demandas sociales”.

La primera protesta del nuevo año universitario, el 15 de marzo, fue realizada en apoyo de los estudiantes secundarios. Fue relativamente pequeña y terminó con violencia. Boric fue gaseado y maltratado cuando los carabineros irrumpieron brevemente en la sede central de la FECH. Vallejo no estaba en el acto. Se dijo que se había quedado afuera para no oscurecer a su sucesor en su debut. En lugar de ello, con otros jóvenes comunistas, ocupó las oficinas de la UDI, un partido de derecha de la Alianza gobernante, durante 45 minutos.

Boric, afirmaban muchos, no estaba en sintonía con el público general como lo había estado Vallejo y probablemente nunca lo estaría. Giorgio Jackson, a los 26 años ya parecido a un anciano estadista del movimiento, es cercano a ambos líderes. El dilema de Boric, me dijo, es “injusto”, pero inevitable. Boric, apuntó, “viene de una familia muy rica, y eso le vuelve más difícil conectarse con la gente. Es un estudiante de Derecho, y cuando uno habla de modo tan complejo, a veces se vuelve más difícil llegar a la gente. Camila habla con frases sencillas, sin tecnicismos, que la gente entiende”. Boric y Vallejo tienen una buena relación personal, me aseguró. Pero se ha convertido en una prioridad obsesiva de Boric y sus aliados distanciar públicamente al movimiento estudiantil del Partido Comunista y cierta percepción de su influencia. “No es que Camila haya cometido grandes errores”, dijo Jackson”, pero está en terreno muy vulnerable ahora”. Vallejo es la cara del movimiento estudiantil en todo el mundo, pero está bajo constante presión para mostrar que coloca al movimiento antes que la lealtad al Partido Comunista y sus ambiciones, y que no ha olvidado que fue el movimiento el que la levantó, no el Partido.

Al mismo tiempo, el capital y el poder políticos de Vallejo, a nivel nacional, sólo parecen haber crecido: cada uno de sus movimientos y declaraciones es estudiado para descubrir señales de sus intenciones políticas futuras. Me llamó la atención, a mi regreso, en marzo, la admiración y el afecto hacia ella ampliamente extendidos entre tantos chilenos, hombres y mujeres. Sin embargo, casi todo el mundo parece desear que se distancie de los comunistas. “No creo que Camila esté casada con el Partido Comunista”, había dicho José Soto, el ateniense adolescente, con esperanza, durante nuestra conversación. Si sólo –me decía la gente una y otra vez—se uniera al nuevo partido político de Jackson… A Jackson también le gustaría, pero no lo cree probable en lo inmediato: “Sería muy difícil para ella romper, crearía una tremenda fractura adentro de su Partido, aunque ella tiene el poder para hacerlo”. Agregó: Camila vive en el ojo del huracán cada día, diez veces más que yo. Toda esa presión es difícil para alguien de 23 años”.

Jackson dijo que el objetivo del movimiento estudiantil, este año, “es no morir”. Una encuesta de marzo mostró que el 85 por ciento de la población todavía respalda las demandas estudiantiles, pero nadie esperaba concesiones significativas del gobierno de Piñera. El objetivo del movimiento es influir en las elecciones presidenciales y parlamentarias de 2013. En el corto plazo, dijo Jackson, el nuevo liderazgo estudiantil tiene que evitar que los encapuchados, que alimentan las acusaciones gubernamentales de que el movimiento es cada vez más violento, dominen las manifestaciones. Las marchas deberían ser cuidadosamente planeadas, sostuvo, a fin de sacar a la gente en masa. Cuando una marcha es pequeña, unos 50 encapuchados se destacan, pero cuando decenas de miles marchan pacíficamente, se convierten en un tema secundario.

Vallejo y Jackson se han convertido en figuras nacionales, no sólo en líderes estudiantiles, y nadie disputa que han ganado poder real. Si los estudiantes y aquellos que organizan levantamientos al estilo de Aysén se unen, ese nuevo y gran bloque social comenzará a parecer menos un delirio.

Jackson no tiene deseos de ser elegido para el parlamento sólo por estar allí; eso, afirmó, “sería transformarme de inmediato en un viejo”. Dice que competirá sólo “si todas las estrellas se alinean” y el momento de cambio profundo está a la mano. Su partido –que, según dice, no tiene dinero– cuenta actualmente con 3.500 activistas, todos voluntarios. Crear una mayoría parlamentaria comprometida con la reforma, dice, llevará años de paciente trabajo político. En el sistema binominal, los candidatos no compiten individualmente, sino por pares. Uno sólo puede obtener bancas para los dos candidatos propias duplicando en votos –67%– a los rivales. Cree que hay espacio para que un candidato del movimiento, en pareja con un candidato disidente de la Concertación, ambos comprometidos con el programa de reformas, sean capaces de “duplicar”.

Cuando terminamos de hablar, Jackson, de remera y desprolijos bermudas, corrió bajo el sol del fin del verano para renovar su pase anual para los partidos de fútbol de la Universidad de Chile. Una mujer bien vestida que se hallaba en la vereda preguntó si era el líder estudiantil. “Me hubiera gustado saludarlo”, dijo. “Cuando era chica –antes de Pinochet–, estudiaba gratuitamente y no veo razón por la que los estudiantes no deban hacerlo ahora”.

Cuando Vallejo aceptó la invitación de un líder minero comunista para participar en una marcha en la ciudad de minas de cobre de Calama, provocó un montón de comentarios. Un político de la Alianza dijo: “No tiene nada que hacer en Calama… Es sólo un intento de mantenerse en los medios”. Otro tuiteó: “No me molesta que continúe su campaña publicitaria y su show de moda. Pedí a las fuerzas de seguridad que no se metan con su vestido ni con su pelo”. El vocero de Piñera, Andrés Chadwick, dijo con ironía que ella iba “a sacarse una foto”.

Pocos días más tarde, el 21 de marzo (de 2012), me crucé con Vallejo en un acto realizado en la Plaza de Armas en apoyo del levantamiento de Aysén. Me saludó con abrazo amistoso. Le preguntó sobre la reacción de los políticos ante su visita a Calama y sonrió. Calificó las declaraciones de “misóginas y muy grotescas”, y dijo que fueron un intento para “tratar de aislar a nuestros líderes de los movimientos sociales. Pero el movimiento no tiene fronteras, podemos ir adonde querramos, es nuestro derecho”. El movimiento estudiantil, dijo, había cambiado irreversiblemente a Chile. “Tienen miedo, están aterrados. Pero cuando los perros ladran”, agregó con una risita, “es señal de que avanzamos, y avanzamos bien”. La plaza estaba bien llena y un músico interpretaba una canción política plagada de escandalosas irreverencias. Pato Fernández, que había estado conmigo en la marcha de noviembre, imaginó que estábamos parados en el sitio donde los carabineros probablemente atacarían, quizás en forma inminente. Ninguno de los dos quería pasar por eso otra vez. Nos fuimos, apurándonos a atravesar unas pocas cuadras hasta el restaurante y bar de The Clinic. Unos 10 minutos después, mientras bebíamos en el patio, comenzamos a oler el gas en el aire.

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Published by Stéphane Parédé
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